CUATRO DÍAS

CUATRO DÍAS

Novela corta

-Fragmento-

El apartamento, exiguo y oscuro, tenía la misma disposición que yo conocí. La colección de vinilos sobre el mueble, junto al tocadiscos, algunas fotos enmarcadas y, frente al sofá, la ventana llena de lluvia. Más allá se dibujaba la esquina con la calle Neuchâtel y todo noviembre.

A pesar de la calefacción, Antonio colocó con mimo una manta pequeña sobre las rodillas de Odette.

- Háblale del sol de tu país –pidió, señalándola-. Vengo enseguida.

Asentí y, mientras lo oía trajinar en la cocina, susurré “les mots nécessaires et l’étérnel automne sur les toits, l'absence d'une autre pluie différente de toi... », aquella canción con la que, un poco tomada de Suze, ella cerraba las actuaciones cada noche.

No pronunció ninguna palabra. Probablemente Odette transitaba ya otras estancias ajenas a aquel pequeño salón que compartía con Antonio Bujía. Pensé que el apartamento de Antonio y Odette era el único eslabón hallado hasta la fecha que me conectaba con aquella ciudad que conocí. Entonces me llegó el olor del café.

- Nos casamos –silabeó luego, mientras entraba y dejaba la bandeja sobre la mesa.

- Felicidades –atiné a decir.

- En Saint-Pierre –aclaró, cogiendo una mano de Odette.

- Felicidades –repetí.

- Odette quería que fuese un templo protestante y a mí, ya me conoces, eso me daba igual.

- Claro… Saint-Pierre.

- ¿Sabes que del medio centenar de campanas que tiene la iglesia, algunas tienen hasta nombre propio?

Entonces se levantó y me acercó una foto enmarcada que me había pasado desapercibida:

- Era abril –dijo sonriendo y tomando de nuevo la mano de Odette-, ella quería que fuese en primavera.

Ambos sonreían dichosos y mucho más jóvenes a la cámara. Pocas veces una fotografía había reflejado la felicidad con tanta exactitud.

Entonces le hablé de mi periplo por las calles de la ciudad la noche anterior, donde encontré tan pocos nombres italianos o españoles que algunas veces creí estar en otro sitio.

- Casi todos han vuelto al terruño que los vio nacer –reconoció-, pocos somos los que nos hemos quedado. Ahora los inmigrantes vienen de otros lugares.

Dejó pasar un momento y encendió la lámpara de pie, que trazó nuevas arrugas en el rostro de Odette.

- Los pocos españoles que vienen ahora lo hacen con titulaciones grandes –dijo-. Seguimos siendo un país de emigrantes.

- Por un momento me ha parecido oír la voz de José cantando aquella copla de emigración y ausencias que tenía siempre en los labios –recordé, mencionando a un compañero común e intentando poner una palabra que nos aislase de la aflicción.

- ¿Qué ha cambiado en nuestro país? –inquirió, tomando con cuidado la taza.

- Nada –respondí-, y probablemente creemos que ha cambiado todo.

Nos despedimos cuando la ventana se llenó de noche. Besé las mejillas de Odette, anclada en el sofá, y precedí a Antonio hasta la puerta. Bajó conmigo a la calle y nos dimos otro abrazo, sabiendo ambos que seguramente sería la última vez que nos abrazábamos.

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