REMANDO EN ROJO
REMANDO EN ROJO
(Publicado por Pábilo Editorial, 2023)
fragmento
A mi padre, que nos unició a mis hermanos y a mí
en la construcción artesanal de embarcaciones de remo
En las zonas cercanas a la orilla, como en la que me
encuentro ahora para embarcar, se puede vislumbrar el fondo de roca y polvo
anaranjado, rojo y amarillo, poso de minerales y siglos de aguaje; de olvido,
ahora que la explotación minera es sólo un recuerdo.
El río Tinto es sólo silencio, nada vive en él.
Diríase que me espera solícito para llevarme sobre sus aguas ácidas hasta más
arriba del molino harinero llamado del Cascajal, a unos doce kilómetros río
arriba.
Después de organizar mi pequeño equipaje en las
bodegas del kayak Konero, caliento un poco los brazos y el tronco, también las
piernas. Muevo el cuello y la cintura, los hombros. Me instalo en la bañera del
kayak, paleo brevemente y me alejo hasta el centro del río. Dejo que la
corriente me arrastre un poco hacia una pequeña isla rocosa que hay más abajo,
casi en el centro del cauce.
Aquí el río es ancho, el agua baja perezosamente, sin
embargo, tengo que anclarme pinchando el remo en el fondo, para no bajar
demasiado, mientras cierro herméticamente los tambuchos y coloco la cámara de
fotos en un lugar accesible pero protegida del agua.
El sol ha terminado de desperezarse por completo y
traza a mi espalda el perfil de las elevaciones suaves que recortan el
horizonte hacia el sur. Son las nueve y media de la mañana cuando inicio el
recorrido, un poco más arriba de la desembocadura del arroyo Helechoso, justo
donde comienza el término municipal de Villarrasa.
Haré los doce kilómetros de la ruta en paralelo al tendido ferroviario que diseñaran George Bruce y Thomas Gibson a mediados de la década de 1870 para llevar la pirita hasta el embarcadero de mineral en Huelva. Pasar navegando ahora, más de ciento treinta años después, bajo los puentes de la Aradilla, bajo los del Andévalo, junto al apeadero de Gadea o al lado de una decena de molinos harineros construidos en los siglos XVII y XVIII, me parece la mayor de las aventuras.
Ya he escrito que el muro de contención de la explanación sobre la que discurría el camino de hierro tiene aquí varios metros de altura. Sólido y espectacular, ahí sigue acompañando mi ruta, distanciándose del nivel de la superficie del agua a medida que navego.
El pensamiento relajado y el silencio se suceden sin prisa mientras el kayak corta el agua rojiza y negra dejando ondas suaves que deforman el reflejo del paisaje en la superficie. Elevaciones cada vez más altas van dibujando sus perfiles a ambos lados del río. Hasta aquí vienen las aguas del Tinto encajonadas, casi desde su nacimiento en la sierra del Padre Caro, pasando por lugares recónditos y poco conocidos: el túnel y puente Salomón y, más allá, el puente Hongiles (Ojiles, en algunos mapas), la Pasada de las Cañas y, aún más lejos, Las Cañas y los túneles del Peral, Mansegoso y Manzano.
El sol de media tarde resalta los relieves de ladrillo y piedra del puente Corumbel, bajo cuyos dos arcos llegan las aguas del embalse. A ambos lados del viaducto se extiende una ribera plana de arena anaranjada donde desembarco para estirar las piernas, descansar y para hacer algunas fotos.
Subo hasta arriba. Poco tiene que ver este puente con el que aparece en una foto antigua en la que una poderosa locomotora Garratt tira de una cincuentena de vagones de mineral. Poco tiene que ver incluso con el puente Corumbel que fotografié en el año noventa y uno, una de las primeras veces que pasé por aquí. Han desaparecido las vías y las barandillas metálicas, también las traviesas de madera. Solo el color de sus dos arcos de mampostería, rebajados y rojos, delatan su pasado minero.
El ingente patrimonio derivado de la explotación de las minas de Huelva se ha perdido casi por completo, merced a décadas de desidia de la administración pública autonómica; en algunos casos sólo queda su huella en la memoria de la buena gente que trabajó en las cortas, en las contraminas, en los almacenes y oficinas, en los trenes mineros y sus apeaderos y estaciones, en los hornos, en los depósitos y en los lavaderos.
El inequívoco olor a mineral llega hasta mí mientras remo. Viene traído por el viento breve que se ha levantado y que sopla sobre la superficie del agua. Es el mismo que se respira en Soloviejo, en Concepción, en Tharsis, en Poderosa, en Cueva de la Mora, en Valdelamusa, en Sotiel Coronada o en cualquiera de las docenas de minas onubenses. Un olor a pirita que constantemente me recuerda que navego sobre el Tinto.

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