EL BOSQUE PETRIFICADO


EL BOSQUE PETRIFICADO

(Publicado en la revista Papeles del Caracol, nº 0, junio de 2022)

Paso un recodo más pequeño y miro a mi izquierda: decenas de troncos grises y retorcidos, altos y entecos, surgen de repente del agua como los dedos de un gigante elevándose al cielo pidiendo clemencia.

-El bosque petrificado –digo en voz alta, quizá para invocar a la realidad en este paisaje onírico, para sobreponerme al silencio que rodea este lugar, mientras me viene a la memoria la película del mismo título.

Me acerco y me cuelo entre ellos, remando con cuidado para no dar con el remo en los troncos. Son árboles secos que un día gozaron de savia y crecieron en una zona ajena al cauce, pero de la que el Tinto se adueñó con el tiempo. Ahora son árboles momificados por los minerales que arrastra el río, por la pirita y el arsénico, por este color anaranjado y rojo, negro como una pesadilla, por esa paleta cromática líquida e irreal que es la seña de identidad de este río Tinto tan cercano y al mismo tiempo tan desconocido. Saco la cámara y tomo fotos dentro de este pequeño laberinto de madera gris y negra, como dibujada al grafito. No se oyen pájaros aquí. El único sonido que se expande por el ámbito es ese quejido grave que produce el kayak Konero al pasar entre los árboles y rozar sus troncos muertos, mientras me apoyo en ellos para poder avanzar.

Me alejo luego corriente abajo unos metros y me giro para tener una visión de conjunto de este lugar. El sol, casi cenital ahora, traza sombras sólidas e implacables cuchillos de luz en este bosque extraño que probablemente poca gente conoce. No en vano es uno de los pocos lugares del curso medio de este Urium milenario donde las vías del ferrocarril minero se alejan del cauce. Es difícil contemplar este paisaje surrealista y único si no es desde el propio río.

Sigo paleando en este tramo del Tinto que paradójicamente se orienta hacia el sureste. Cada remada deja caer sobre mí pequeñas gotas que al aire se ven transparentes, pero que dejan en la ropa la indeleble huella del cobre. El mapa plastificado que llevo señala a un centenar de metros frente a mí la desembocadura del arroyo Pipero y, detrás, una curva amplia hacia la derecha que volverá a ponerme rumbo hacia el oeste, hacia donde el terraplenado de las vías mineras vuelven a acercarse al cauce del río, justo donde la presa del molino del Rincón me hará desembarcar y atravesarla andando, arrastrando el kayak por la orilla.

Cuando calculo que me he alejado lo suficiente, meto el remo por la amura de babor y el Konero, dócil y rápido, gira en redondo hasta poner proa al tramo que acabo de recorrer. Allí está el bosque petrificado, a un centenar de metros río arriba. Dejo el remo y saco la cámara de fotos, consciente de la imposibilidad de plasmar en una simple fotografía la belleza de este lugar.



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