LA ORQUESTA MALATAO

LA   ORQUESTA   MALATAO

(OS MÚSICOS DO COMBOIO)

(Primer premio relato corto CIUDAD DE PALOS, 2004)

A la memoria de

 Antonio Domínguez “Marce” y Manolo Orta “Lolito”

Cuántas lunas se colaron por la ventanilla de nuestro compartimento como una compañera más en los viajes de regreso. Blue Moon canturreábamos a pelo, sin sacar los instrumentos de los estuches, acompañándonos si acaso con las palmas de las manos en los muslos. Y mientras, la locomotora silbaba distante, tanto que hubiérase dicho que no era la misma que iba tirando de nuestro vagón. Cuántas fueron las noches algarvías cuajadas de estrellas. Cuántas las conversaciones a media voz salpicadas de silencios cómplices. Creo que por eso nos gustaba hacer los viajes de vuelta con las luces apagadas, por si nos daba por hablar, sobre todo si la actuación había sido buena. Entonces los viajes nocturnos se convertían en uno de los momentos más gratos de la jornada y todos éramos conscientes de ello. A Lolito le gustaba contar cosas de cuando tocaba en Los Sones o con Pedrito Quintero y Pepe Batería, con los que había acompañado en el Club Raúl de Lepe a solistas de renombre de los años sesenta y setenta.

A veces no había luna y el ámbito se sumía en una oscuridad tal que casi había que adivinar dónde estaba sentado cada uno, orientándonos por la voz y, sobre todo, por las brasas del cigarrillo de Lolo. Otras veces la luna estaba allá arriba e inundaba el compartimento, convirtiéndolo en un remanso de quietud y sosiego. La penumbra y el vaivén del tren, dulce y desigual, el instante en que uno de nosotros empezaba a tararear algo y los demás le seguíamos, las conversaciones quedas y relajadas, contribuían a hacer de aquella hora un momento entrañable de inmensa poesía. Lolito era pausado al hablar y gesticulaba con una cadencia que invitaba a la escucha, sobre todo después del ajetreo del escenario. De cuando en cuando carraspeaba y le daba una calada al cigarro. Yo veía la brasa enrojecer aún más durante un par de segundos, los mismos que tardaba Lolo en tirar de la nicotina, con un placer que me es difícil describir. Luego se tomaba su tiempo antes de proseguir. Ese silencio formaba parte de los diálogos, sin él el significado de las conversaciones no hubiera sido el mismo.

Boliqueime, Loulé, São João da Venda... las paradas en las estaciones eran cortas y silenciosas, a pesar de que en todas subía o bajaba alguien. En Faro hacíamos transbordo y, a partir de ahí, el tren empezaba a circunvalar el paraje de Ria Formosa. Yo entonces miraba por la ventanilla el reflejo que la luna dejaba meciéndose en las olas de la amanecida, porque, de repente, el este dejaba adivinar las primeras claridades, al principio muy lentamente, como un niño egoísta que no quiere compartir sus juguetes, luego de forma más rápida, entregándonos desde la bruma todo el encanto del paisaje algarvío.

En los primeros tiempos, Marce venía por las noches a mi casa de El Rompido con su Ovation de doce cuerdas. Allí tocábamos canciones de Supertramp y los Rolling, y nuestras también. Eso era a principios de los años ochenta, yo tenía en esa época un viejo piano Piazza que había que afinar con cierta frecuencia porque tenía el clavijero de madera. Pasábamos las horas tocando y charlando, buscando más gente para formar la banda con la que, a nuestros veintipocos años, soñábamos comernos el mundo. Marce me presentó a Lolito que, pese al diminutivo, nos doblaba la edad, en la taberna Trascampanas, situada en uno de los laterales del castillo de Cartaya. Lolo tocaba los saxos alto y tenor y adoraba la música latina. Guaguancós, cha-cha-chás, montunos, guajiras, sambas, guarachas, merecumbés, porros, merengues, calypsos... poco a poco comenzaron a formar parte de nuestro repertorio, y casi sin darnos cuenta formamos nuestra primera orquesta de baile. Un día de campo en los pinares de Malatao nos solucionó el problema del nombre. En aquel tiempo las orquestas de la zona se llamaban de otra manera: Santamaría, Crema, Superépoca –que eran los antiguos Época 69 reciclados-, Barbacoa y Sagitario. Pero Malatao nos entró desde que lo oímos por primera vez. Aquella palabra, que hacía referencia al caballo que se soltó de sus ataduras, galopó entre los pinos y nadie pudo atraparlo, era lo suficientemente atractiva, inusual y, al mismo tiempo, ambigua como para adoptarla de inmediato. Sin embargo, mucha gente nos conoció como la orquesta del tren, os músicos do comboio.

"Dime qué fue de aquel amor que te ilusionó..." cantaba Marce el día de nuestra primera tocata en un chalet de Malpica, y yo entraba con los coros porque Lolito soplando no podía hacer las dos cosas a la vez. Llevábamos un equipo de sonido alquilado a base de altavoces Optimus y un previo viejísimo que saturaba de forma canalla. Era cuando con tres o cuatro instrumentos había que hacer la canción lo más parecida posible al disco; aún estaban lejos los secuenciadores digitales, con los que hoy día se hace difícil delimitar qué parte tocan los músicos y qué parte está enlatada. Faltaba mucho también para el sonido procesado, los robots de luces, las máquinas de humo o los cañones de seguimiento. Aquella era una época más auténtica, más honesta para con la gente que escuchaba. "Ya me curé de tu pasión tonta y fatal..." seguía Marce, y unos a otros nos mirábamos cuando matizábamos aquel tresillo de negras, re-la-la bemol, de forma jazzística, para caer en el acorde de subdominante, que dejaba el bolero un poco en el aire, como si aún no quisiéramos acabarlo.

Podría escribir un libro sobre las anécdotas de aquel tiempo; del día que Lolito se olvidó las gafas y no veía bien las partituras; de cuando se rompió una cuerda de la guitarra y Marce no llevaba repuesto o de aquel piano lleno de estampas de santos, vírgenes y mártires que los organizadores habían pedido a una solterona del pueblo donde tocábamos ese día y que, al terminar, tuvimos que llevar a su casa en una carretilla; de la tarde que ensayábamos en el vagón Put your head on my shoulder, para estrenarla por la noche bajo los acantilados de Carvoeiro, y conseguimos tocarla al ritmo del traqueteo del tren; o de la vez que Lolo arregló una de las llaves del saxofón tenor –parecía increíble que aquel chisme tan viejo pudiera sonar como sonaba- con una gomilla del pelo que nos dio una chica que viajaba en el tren; de la noche que tocamos en Portimão y coincidimos con Samouqueira, aquella meiga que cantaba sola en el escenario mientras tocaba el piano… Podría contar y no acabar… la versión que hicimos de Stand by me el día que se sumaron dos guiris con guitarras que subieron en Fuzeta; o cuando, tiempo después, ya se habían incorporado Novoa a la batería, mi hermano Pedro al bajo y Juan a la trompeta, y aquello sonaba como una orquesta de verdad. Incluso aquella gala en Huelva en que nos robaron las baquetas de la batería y una señora nos dio el palo de una escoba que cortamos en dos mitades para poder seguir tocando; o la noche de Poço Barreto, cuando todo nos sonaba a perros muertos hasta que nos dimos cuenta de que Juan no le quitaba ojo a una portuguesiña morena y apenas miraba las partituras; o de cuando, más tarde, nos compramos un furgón de segunda mano y al acabar las actuaciones, un poco tomados de ron, no éramos capaces de que nos cupiera todo el equipo dentro. Pero quizás lo que más recuerdo sea lo cotidiano, los ratos que nos quedábamos en el local al terminar los ensayos, decidiendo qué canciones íbamos a montar para la temporada siguiente, cuando nos cogía el toro y teníamos que ensayar los fines de semana a piñón fijo para poder terminar el repertorio, las cervezas en los descansos entre pases, los incómodos lugares donde a veces teníamos que cambiarnos antes y después de las actuaciones, los comentarios sobre cualquier cosa mientras desmontábamos el equipo, ya casi de día aquí, pero aún de noche en Portugal, porque allí la gente siempre se iba antes a dormir...  La convivencia que poco a poco nos fue convirtiendo en amigos más que compañeros y aquella línea férrea de la costa oeste que sólo funcionó hasta mediados de los años ochenta uniendo Huelva y Ayamonte, y que fue nuestro medio de transporte de aquellos primeros años de crepúsculos algarvíos, de nubes rotas que tanto cargaban de colores las salinas y los esteros.

Conocí a Samouqueira en el Casino de Portimão. Habíamos llegado a última hora de la tarde, y un viejo camión de una empresa pesquera nos trasladó hasta Praia da Rocha, al otro lado de la ciudad. Recuerdo que la mayor preocupación de Marce era que los trajes de gala, que llevábamos en trajeras de plástico, no se impregnaran del olor a pescado que se respiraba dentro del destartalado vehículo. "Para cante, el del camioneto de Portimão", fue una frase que Marce acuñó sobre la marcha y que, a partir de ese día, repetiríamos hasta el cansancio. Marce trabajaba en la emisora Ondas del Sur, quizás por eso casi todo lo decía como si estuviera dando las noticias de las nueve y media por la radio. A pesar de que era dramáticamente pesimista, no recuerdo haberlo visto ni una sola vez sin una sonrisa en los labios.

Aquella noche actuaba Samouqueira entre nuestros dos primeros pases, acompañándose con el mismo piano en el que tocaba yo. Era delgada y pelirroja, y cantaba canciones de Maria Betânha, Jobim y Astrud Gilberto, con esas inflexiones quebradizas y cristalinas que sólo procura la magia brasileira. Era una noche de mucha luna que se deslizaba húmeda desde detrás de las cristaleras. Antes de que subiera al escenario, me descubrió sonriendo que su nombre no significaba nada, que era así como se llamaba su pueblito.

El cartel de la noche siguiente anunciaba a Trovante, a Sopa de Pedra y, de nuevo, a nosotros. Ni siquiera había tenido tiempo de preguntarme a mí mismo si Samouqueira se quedaría, cuando obtuve la respuesta. Su representante, un tipo mayor con el pelo engominado, que sorbía ruidoso una capirinha allí a mi lado, me dijo que tenían prisa por terminar y marcharse, que al día siguiente Samouqueira cantaba en Grândola. Una hora y pico después terminó su pase con una muy particular versión de Mais que nada, que cantó mirándome a veces. Antes de que volviéramos a subir nosotros, tuve un momento para acercarme y meterme en la retina sus ojos negros, para ver cómo bailaba su sonrisa cuando hablaba y para que me dijera que aquel tipo de la gomina que iba de mánager era, además, su marido.

Samouqueira se fue como aquellas últimas notas que sacó del piano para terminar la actuación y que se quedaron colgadas de las lámparas y los cristales, flotando aún un instante entre la gente que aplaudía cuando ella ya bajaba las escaleras. Se fue mientras nosotros atacábamos Noches de blanco sostén, como nos gustaba llamar a la canción de satén de los Moody Blues. Se fue metida en aquel vestido largo y negro, sin volver una sola vez la mirada hacia el escenario. Aún cuando, unas horas después, con el casino ya casi desierto, habíamos recogido los instrumentos y yo doblaba un póster de ella para guardármelo en la chaqueta, reparé en un viejecillo al que no había visto en toda la noche y que se me acercaba entre tímido y risueño: "una bela mulher de cabelos longos de bioco vestida vem em noite de lua tentar os pescadores, segui-la mar a dentro..." Y mar adentro me asomé por el ventanal que había a mi espalda. Sólo estaba el océano solitario y frío que recortaba pedazos de la luna que se había caído mientras tocábamos. Me volví, pero el viejecillo se había desvanecido, al igual que horas antes se desvaneció Samouqueira y las notas de aquella última escala ascendente del piano. Mais que nada aún sonaba en algún lugar de mis tímpanos cuando salimos a la madrugada de Portimão. Estrada da Rocha, leí en el rótulo de la avenida que tomamos para ir al centro a buscar el hotel, mientras la bóveda se iba encendiendo de amanecidas y sueños.

Hay un montón de canciones que me recuerdan los inicios de la Orquesta Malatao, pero sobre todo Borra mi nombre. Nosotros la tocábamos con ritmo de bossa nova. Aún ahora, cuando escucho las viejas cintas que grabábamos en los ensayos y que todavía conservo, me parece estar viendo a Lolito en chanclas marcar el compás con el dedo gordo del pie, mientras atacaba con el saxo ronco un solo sublime, con la calva cuajada de gotitas de sudor, como una olla al baño maría. Decía que nunca se ensayaba lo suficiente y, como era el mayor y el único que había tocado anteriormente con otra gente, al menos de manera seria, le hacíamos caso; por eso siempre pulíamos los últimos arreglos en el tren, entonces yo tocaba otra vieja guitarra que llevaba Marce para lo flamenco, y estos ensayos improvisados se convertían en pequeñas actuaciones porque, en cuanto empezábamos a tocar, el compartimento se nos llenaba del público más misceláneo que uno pudiera imaginar: desaliñados turistas rojos por el sol cargados de mochilas; alguna vieja lugareña vestida de oscuro; chicas con poca ropa que venían de la playa; aquel revisor de bigote que, cuando llegaba para picar los billetes, nos pedía que tocáramos Bésame mucho; gente trajeada y repeinada con pinta de pequeño ejecutivo... aplaudían al finalizar cada canción como si se tratara de un verdadero concierto. 

Ahora sé que no había nada como aquellos viajes en tren por la costa oeste de Huelva y el Algarve portugués. El transbordador entre Ayamonte y Vila Real, el registro de los guardiñas en la aduana, los atardeceres inmensos entrando desde el oeste por las ventanillas del vagón, el piano en el que yo tocaba -uno diferente cada vez- que era lo único que había en el escenario cuando llegábamos, la estación de tren de Cartaya de ladrillo rojo, de donde salíamos después de comer y a donde llegábamos mediada la mañana del día siguiente... todo aquello me llega tan lejano que no parece que alguna vez, no hace tanto tiempo, haya formado parte de mí.

Ahora Marce, Lolo y yo nos vemos alguna vez, no muchas. Lolito se jubiló hace unos años, después de haber fundado la Orquesta Montuno; Marce montó un estudio de grabación y luego un pub; y yo, después de varios años en la Orquesta Europa, doy clases de educación musical en un colegio de Primaria. Los demás han seguido caminos diferentes, que nada tienen que ver con la música. La vieja bodega donde ensayábamos se ha convertido en un moderno supermercado, la vía del tren que nos llevaba hasta la frontera se desmanteló hace más de tres décadas, la estación de Cartaya aún conserva su rótulo de azulejos amarillos y azules aunque ahora tiene otro uso, el ferry navega casi vacío desde que se inauguró el puente sobre el Guadiana, ni siquiera hay registros en la aduana... nada parece quedar de aquel tiempo. Bueno, sí, queda la música. Me quedan algunas partituras de canciones que no he vuelto a tocar, pero que de tarde en tarde me gusta tararear, sobre todo cuando, casi de noche ya, paseo por la playa de El Rompido y atardecen esos crepúsculos de nubes y algas que tanto me recuerdan los viajes de la Orquesta Malatao.

 

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