DONDE REGRESAN LAS GAVIOTAS
DONDE REGRESAN LAS GAVIOTAS
A José Catalina, a Manolo Ceada, a mi tocayo el Toti y a Joaquín el Yila, marineros viejos y sabios de El Rompido con quienes visité por primera vez las ruinas de la almadraba Nueva Umbría
Sobre la maleza, que ha crecido por
todas partes, aparece una esbelta construcción de sección cuadrada de ladrillo
que un día fue blanca. Es la chimenea de la alquitranadera, lo único del
poblado que se ve desde la lejanía. Después de un pequeño entrante de la orilla
aparece la torre de la casa del capitán y lo que queda de la caseta del gasoil,
una a continuación de otra, junto al muelle de atraque casi sumergido ahora por la marea alta.
Llegar bogando hasta Nueva Umbría tiene
algo de compás de espera, late cierto desasosiego mientras el remo va acortando
la distancia. Cuando me queda poco más de un centenar de brazas para llegar al
viejo muelle colmado de escaramujos, las retamas empiezan a dejar ver los
tejados maltrechos de los almacenes, el pañol, la nave de pertrechos… Sé que estoy flotando sobre la parte
sumergida del muelle cuando me aproximo hasta la pequeña playa de arena que hay
a poniente de la casilla que servía para almacenar el gasoil de los barcos,
derruida casi por entero sobre el agua.
Toco tierra y desembarco en medio del silencio. Arrastro la piragua hasta dejarla en seco, justo en el lugar desde el que arranca la piedra ostionera negruzca del muelle que desaparece en el río a medida que se adentra en él.
Miro a mi alrededor, la torreta
desmochada de la casa del capitán también fue blanca en su mejor época, incluso
la vivienda completa era de ese color, como el resto del poblado. Décadas de
abandono han hecho que predominen los colores terrosos de los ladrillos bajo el
blanco desleído de la cal. Paso entre las adelfas que han crecido en la terraza
y entro en la amplia estancia que fue el salón de la vivienda y que ahora los
escombros de la planta superior y de los tabiques han ido llenando. En el
interior de la casa, que ha perdido casi toda su techumbre, se ve el viejo
esplendor de este lugar: entre las vigas de madera y los ladrillos que
alfombran el suelo sobresale un cabecero metálico de cama matrimonial, algo más
allá hay un mueble desvencijado en el que no queda cajón alguno, una marca en
la pintura de una de las paredes señala el sitio del que colgaba un reloj de
péndulo, una oxidada chimenea de hierro ocupa uno de los rincones, más allá una
pared de azulejos sitúa el lugar donde estuvo la cocina… Salgo de nuevo a la
terraza, no es difícil imaginar los atardeceres de verano en esta casona que se
construyó justo en el borde del agua. Estas ruinas hablan de la historia de
este lugar mucho mejor que todo un compendio enciclopédico. Exploro una vez más
la casa del capitán, en la que entro cada verano no solo para recrearme en esa
vida que debió de existir aquí no hace tanto tiempo, sino también para comprobar
cómo los calendarios y las tormentas van ejecutando año a año su trabajo
minucioso de derribo y olvido.
La torre desde donde, con un código de
banderas, se contactaba con los barcos para saber el número de capturas diarias
de atunes, se levanta en una esquina de la vivienda. Parte de la escalera que
subía por su interior, adosada a las paredes, se ha caído sobre el suelo,
imposible llegar hasta arriba donde ahora florecen algunos jaramagos y desde
donde una gaviota despreocupada me observa con curiosidad. Solo el primer tramo
conserva sus escalones. Me aventuro por ellos y subo hasta el rellano donde una
ventana abre su hueco hacia el sur. Las ruinas del poblado se extienden entre
pinos jóvenes, retamas y matorrales de enebros, casi en el centro de esta península
alargada que corre en paralelo a tierra firme durante más de diez kilómetros, una
enorme lengua de arena que poco a poco ha ido colonizando la naturaleza. Mirar
desde esta decrépita atalaya los tejados de almacenes y viviendas, las calles
de arena invadidas ahora por la naturaleza… hace fácil imaginar la época en la que
aquí vivió casi un millar de habitantes, dependientes todos ellos de la pesca
del atún.
Las pocas fotografías antiguas que se
conservan dejan ver las anclas bien alineadas entre la casa del capitán y las
calderas del alquitrán, justamente por donde camino ahora hacia lo que queda
del poblado. Dejo a mi espalda las naves que servían de almacenes y salazones y
que aún conservan la mayor parte de sus tejados.
El remo de pala doble me sirve para abrirme
camino entre la maleza. Penetro en la primera calle. Las viviendas se dividían
en dos zonas, una para casados y otra para solteros, había incluso otro lugar
reservado a los carabineros. Es inútil buscar entre las construcciones dónde
estuvo la escuela o la casa que sirvió de botiquín. Aunque pueda parecer
mentira, también hubo aquí una barbería y un comercio de ultramarinos. La
cantina estaba en el llamado Real Viejo, en la primera zona que se edificó y de
la que ya es difícil encontrar algunos restos entre las marismas y las retamas,
a unos centenares de metros hacia poniente.
Me he detenido al poner los pies sobre
los restos del acerado de la primera manzana de casas: de repente me he dado
cuenta del silencio, soy consciente de él. Mis chanclas sobre las ramas secas
de la acera resuenan con solvencia en mis oídos.
He escrito la palabra silencio, pero quizás no debería haberlo hecho. En verdad, no existe aquí el silencio. El rugido incansable del océano llega con todo su poderío desde más allá de las dunas que hay al sur y que se levantan más allá de la maleza y los pinos enanos como una barrera protectora.
Hay que saber que está ahí para
encontrarlo: aparto unas ramas y me cuelo entre la vegetación de la higuera
salvaje que crece en el centro de la única plazoleta que tiene el poblado, ahí
sigue el brocal del pozo, bajo los ramajes henchidos de brevas y oculto a los
ojos de los visitantes que desconocen los secretos de este lugar. Me asomo a su
interior y la superficie del agua, cercana y oscura, llena de sapos barrigones,
me devuelve mi silueta y la del remo que llevo en la mano.
Tomo algunas brevas y me las voy
comiendo mientras paseo por la acera, contemplando el deterioro del interior de
las viviendas e imaginando cómo sería la vida cotidiana aquí hace tres cuartos
de siglo.
Sigo caminando por las calles de arena,
las viviendas han perdido puertas y ventanas, y han ganado un gran desconsuelo
y algunas salamanquesas en sus paredes y grietas. Entiendo que los marineros
que habitaron este lugar no quieran regresar aquí.
-Yo no volveré más –murmuró José
Catalina el día que me trajo en su patera de madera.
Eran los años ochenta del siglo pasado y
los surcos que el mar y el tiempo habían ido labrando en su rostro hablaban
como un libro abierto de la historia de Nueva Umbría, desde que en aquel lejano
1929 se calara la almadraba por primera vez.
Yo nunca habité este poblado, quizás por
eso yo sí regrese cada verano. Por eso también este inicio de desconsuelo que
me brota cuando atraco en la orilla cada año y constato la ruina creciente de
este lugar lleno de historia y de leyenda, mientras deambulo entre estas calles
preñadas de solemnidad y silencio.
Salgo del poblado y sigo el mismo camino
que tomaban los marineros para ir hasta la orilla sur de esta península que
tanto me atrae.
Corono las últimas dunas y la playa vacía se abre ante mí como un paisaje conocido pero nuevo y enorme. El oleaje es un bramido gigantesco que ocupa todo el espacio. Es en el rompeolas donde sucede ese latido vital que rompe con estruendo en la arena. Dirijo la mirada a derecha e izquierda: a poniente se distinguen las construcciones de La Antilla, sin embargo, a levante no hay más que agua, mar y cielo. Hago visera con la mano y miro al frente más allá de las olas y de los penachos de espuma que estas levantan. La inmensidad azul se prolonga hasta el arco del horizonte que muestra más la pequeñez del hombre que la esfericidad del planeta. Quedan muy lejos aquí la egolatría y la vanagloria, las envidias y mezquindades humanas. Carecen de sentido las diferencias, las guerras y las fronteras. Solo lo trascendental existe en esta playa infinita de arena.
Vuelvo sobre mis pasos y tomo el camino
de regreso. Al frente, una bandada de gaviotas viene desde tierra firme. Su
vuelo, organizado y elegante, se acerca para pasar la noche en algún lugar de
esta península solitaria.
Continúo andando acercándome de nuevo a
los tejados desplomados sobre las casas vacías y en otro tiempo llenas de vida.
Yo también siento ahora el pellizco que la nostalgia ponía en el rostro curtido
de José Catalina cada vez que pronunciaba una frase sobre su pasado aquí.
Almadraba, salazón, atunes, pañol, anclas… cada palabra que salía de sus labios
era un golpe seco que le hacía bajar los párpados y mirar la arena, como si en
ella estuviesen grabados los peldaños de su propio pasado, los signos de toda
una vida entregada al mar.
Un conejo sale asustado de algún sitio y
me asusta a mí. Lo veo correr a refugiarse detrás de unos matorrales. Regreso
hacia donde he dejado la piragua hace un par de horas, orientándome por la chimenea en
la que una cigüeña solitaria contempla el atardecer. Reparo en ella por vez
primera y en ese nido enorme que sobresale de la parte alta de la construcción.
La cigüeña, el conejo huidizo, las gaviotas, los sapos gordezuelos del pozo,
las salamanquesas… he aquí los habitantes de este poblado decrépito y ruinoso,
los únicos seres que ostentan el derecho a contemplar las techumbres
desgajadas, las heridas de las paredes, la maleza que lentamente va cubriendo
las construcciones que un día no muy lejano albergaron tantas ilusiones y tanta
vida.
La piragua está donde la dejé hace dos horas, la arrastro hasta ponerla a flote. Bebo un trago de agua y subo a
ella. La marea ha bajado lo suficiente para dejar al descubierto parte de la
piedra oscura del muelle de atraque. Lo voy dejando a mi izquierda, mientras
navego hacia la orilla de enfrente, donde se levantan los dos faros: el viejo,
rechoncho y yo diría que simpático, construido a finales del siglo XIX, y el
nuevo, un tubo sin personalidad alguna erigido en el último tercio del siglo
pasado. Desparramadas alrededor de ambos se ven blancas y deslumbrantes las
casas de los marineros, la escuela y la capilla. Mirando la distancia que queda
para llegar, puedo calcular el trecho que llevo recorrido. Me tengo prohibido
volver la vista cuando me alejo de este lugar. Sin embargo, al llegar al centro
de la ría, cuando sé que aún puedo distinguir algunos detalles de entre las
ruinas, no puedo evitar volver la mirada para contemplar lo que queda del
poblado almadrabero en el que los marineros no han vuelto a poner sus pies, donde
a esta hora de la tarde solo regresan las gaviotas.

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