LA HERENCIA MALDITA
LA HERENCIA MALDITA
(Publicado en la revista LAGAR Y LUZ, septiembre de 2001)
Sólo las chicharras distraen el oído en este atardecer en que el sol marca en los ladrillos su huella de calor y rutina. He dejado la bicicleta a la sombra de un montón de olvido, abriéndome paso por entre las hierbas secas que crecen por todas partes. He vuelto a ver el pozo, estos árboles desvencijados que parecen moreras y la fiel buganvilla que crece acariciando uno de los muros del antiguo claustro.
Cada vez que vuelvo aquí, la desolación es un poco mayor y menor lo que va quedando de nuestra historia. Queda la higuera y las reseñas que cada año aparecen en las escasas publicaciones locales: referencias a los Frailes Terceros, a la Virgen que cambió de nombre y a los tañidos de las campanas que los agricultores seguían oyendo después de que el cenobio hubiera quedado abandonado. Todo de papel y tinta.
No corren realmente buenos tiempos para la lírica. La arquitectura sólo es hoy rentable cuando reporta votos a la clase dirigente y Morañina no es más que un nombre evocador que oímos de tarde en tarde.
Poco hay ya del edificio que acogió en su día a más de un centenar de personas, de la ermita y de la fábrica donde los frailes cocían los ladrillos, de la romería más célebre de los siglos XIII y XIV. Quedan las tres columnas que en otro tiempo soportaron el porche del ala oeste; también quedan tres arcos en la fachada norte que, con un poco de suerte, aún aguantarán varios inviernos; y otro par de higueras; y alguna reja que los desaprensivos aún no han podido llevarse. Miro hacia la escalera. Ya no existe, pero yo conozco su lugar porque en mis primeras visitas todavía se levantaba sobre arcos de ladrillo de distinta altura. Comunicaba con lo que nosotros creíamos que fue el dormitorio de los frailes y que en los últimos tiempos había sido reconvertido en pajar. Yo corrí con mis amigos por su suelo de madera podrida y miré las viñas por los agujeros de la planta superior hace apenas treinta años. Yo me asomé a su pozo en el patio, mientras que algunos decían que una galería subterránea lo comunicaba con la iglesia del pueblo. Recuerdo cómo todos permanecíamos en silencio soñando avanzar antorcha en mano por ese pasadizo secreto. Ahora el pozo también está muerto.
De repente me he dado cuenta de que la luna creciente ha subido hasta allá arriba, un poco hacia el sur, hacia donde se vislumbran las primeras luces de Almonte, casi tan cercanas como las de Bollullos. Detrás de mí, la torre resquebrajada es ya el único indicio que puede aportar algún dato sobre el edificio. Con su pesada viga de madera vencida por el peso de los ladrillos y el tiempo, parece como si fuera a derrumbarse de un momento a otro.
Jovellanos, Campomanes, Mendizábal y compañía no contaron con la apatía de la iniciativa privada y la incompetencia de los políticos de turno. Afortunadamente su régimen de propiedad privada tranquiliza las conciencias públicas y lo aleja de los discursos comprometidos. Es más fácil pregonar lo que el pueblo acomodado quiere oír que buscar un futuro decente para este montón de escombros del que ya es difícil averiguar su primitivo aspecto. El único arte que interesa es el que se subasta, a ser posible en el extranjero. Cierto es que Morañina es un nombre evocador, pero seguramente también molesto para los que se saben con obligaciones para con esta herencia no deseada.
Ahora, casi de noche ya, la magia del lugar es absolutamente real. El hechizo flota sobre los muros derruidos y la torre, pasa por los ventanucos y las hojas de la higuera. No es difícil imaginar lo que cuentan los archivos: los oscuros cambalaches eclesiásticos entre cartujos y franciscanos, la Virgen cautiva, el regreso de los frailes cinco años después de su marcha con una Virgen diferente, el tañido de la campana cuando ya no había campana... ¿hasta dónde llega la historia verdadera y dónde empieza la leyenda?
He salido por la puerta del sur, de construcción mucho más reciente, seguramente del tiempo del lagar y la bodega. A cada paso surgen trozos de barro cocido, de tejas, de ladrillos del pequeño asentamiento que un día existió al amparo del convento y de la ermita ya desaparecida, restos de construcciones que los arados se encargan cada día de extraer hasta la superficie.
El zápote, que muchos tienen la desfachatez de incluir como monumento natural en los panfletos turísticos, se está muriendo de pena, solo le queda una rama apuntando al camino, al mismo camino que a buen seguro seguirían los franciscanos para ir a ejercer su ministerio al hospital de Almonte. Hoy la realidad virtual no deja espacio para el diálogo y los sentimientos, ni para rescatar al paria, interesan más los monumentos sintéticos diseñados por ordenador por algún genio del arte moderno.
La luna ha colocado su rastro de plata sobre los muros y los arcos, sobre las hojas de la higuera y sobre la torre, sobre la rama que le queda al zápote... si ahora sonara la campana yo también pensaría que queda algo más que la tinta y el papel. Pero no, sólo unos cuantos grillos matizan este silencio de principios de verano tras las tapias que sucumben ante la desidia y el abandono.
Mi bicicleta está donde la dejé hace un par de horas. Tomo el camino de regreso con la sensación inevitable de ser un poco cómplice de esta historia que lentamente se va consumiendo no demasiado lejos de nuestra confortable indiferencia.

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