MAIKA, LA NOCHE
MAIKA, LA NOCHE
(Publicado en la revista literaria Papeles del Caracol nº 6, noviembre 2025)
Maika sale de su portal. Asfalto mojado, ajeno, brillante como una larga espada de acero. ¿Qué hora es? Unos neones decrépitos anuncian la entrada de un cinematógrafo vacío. Bajo las sombras neogóticas de la parroquia Estrella del Mar, en la calzada perduran huellas de zapatos que pasaron por allí.
Maika apresura el paso, llega a la avenida donde automovilistas pasan buscando el verde, deteniéndose ante el rojo. Tubos de escape rugiendo. Luces brillando en la chapa de las carrocerías. Los tacones de Maika resuenan en la acera al pasar ante las luces encendidas del Colegio de Ferroviarios. Clases de adultos tras los cristales, fluorescentes mortecinos en los techos, una pizarra en una de las paredes, una persiana a medio bajar oculta alumnos, sueños anclados en un presente sin futuro. El profesor pasea alejándose de la ventana o quizá acercándose quién sabe dónde.
¿Qué hora es? Precisamente la media de las siete suena en una sola campanada que llega a Maika desde las bocacalles que vierten paseantes rezagados a la avenida. A la izquierda comienza un traqueteo monocorde y conocido. Chirridos de ruedas de metal sobre las vías. La gigantesca serpiente de vagones de mineral llega hasta el embarcadero para dejar caer por gravedad su tesoro negro de piritas, anaranjado como el sueño que el sol ha dejado colgado más allá de la ría y las salinas, y que aún a esta hora perfila los relieves del horizonte.
Taxis negros y azules enfrente, quietos en la parada casi desierta. Oscuridad casi opaca antes de llegar al parque. Es la sirena de un barco la que se desliza ronca y grave detrás de las palmeras, se dice Maika apresurándose al atravesar la plaza Doce de Octubre.
Sus tacones musican ahora la acera de la avenida de Alemania. La propaganda en las tapias que la separan del ferrocarril de Zafra es el único noticiero que lee cada día a esta hora: papeles en la pared de piedra, mojados por la lluvia que ha caído durante los tres últimos días, un muro donde agonizan los carteles de la Orquesta Molero, que esta noche toca en el Comercial, Marea Negra actúa en el Scandinavisk, mientras el mago Ozzo hará desaparecer por un rato las miserias de los que asistan a su espectáculo en el caserón de la Alameda Sundheim.
Mientras camina, Maika lee también las octavillas empapadas de la manifestación del día anterior y la publicidad del Festival de Cine Iberoamericano.
De repente, sin acritud ni venganza, el futuro inmediato se abre un hueco dentro de ella; un trabajador de los astilleros, un comerciante, un oficinista, un empresario, un marinero, un boticario, un banquero… qué más da, no habrá diferencias en el escenario donde se cambia amor por el sueldo de una jornada. En unos minutos, en media hora con un poco de suerte, billetes sucios y arrugados cambiarán de mano reivindicando el mercadeo de su propio cuerpo. Pero para ella eso solo habrá sido una excusa.
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