ORADOUR-SUR-GLANE, EL PUEBLO DEL SILENCIO
(Publicado en la revista TOP VIAJES, enero de 2018)
Atravesar la Aquitania para llegar hasta aquí por primera vez
tiene algo de desasosiego, una sensación extraña, como si uno no quisiera llegar al destino. Hay un momento en el que el dicho “todos los
caminos llevan a Roma” parece hacerse realidad. En cada cruce, en cada esquina,
hay un letrero que nos recuerda en todo momento hacia dónde girar para llegar
hasta Oradour-sur-Glane.

El pequeño y cercano río Glane pasa justo al sur, llevando
sus aguas hasta un afluente del Loira llamado Vienne. Está claro que los dos
hoteles con que contaba Oradour en los primeros años del siglo anterior deben
su existencia a este río llamado Glana en occitano, la lengua vernácula de aquí. La temporada de pesca atraía hasta aquí año tras año a gran cantidad de
pescadores que encontraban en este enclave un remanso de sosiego donde dar rienda
suelta a sus cañas y a sus aparejos. Además de estos dos hoteles, Oradour
contaba con restaurantes, pensiones, bares y comercios que, a juzgar por las
fotografías que se conservan del pueblo y por el número de automóviles que
tenían sus habitantes, debían de ser negocios bastante prósperos. El pueblo
tenía además dos escuelas de enseñanza primaria, una para niños y otra para
niñas, una escuela maternal, una magnífica oficina de correos y telégrafos y,
desde hacía poco tiempo, una coqueta estación de tranvía, de cuyo rótulo no
quedan más que las cinco letras que conforman la palabra “orage”, tormenta,
cruel guiño del destino. No hay duda de que las primeras décadas del siglo pasado
fueron testigo de la vida apacible de este pueblecito rodeado de naturaleza y
de poco más de 1500 habitantes que a mí, no sé por qué, me recuerda un poco a
Brigadoon.
Sin embargo, poco queda ahora de ese lugar. Un centro de
recepción e interpretación casi subterráneo, inaugurado en 1999, acoge al
turista que viene hasta aquí. Es el primer peldaño de esa escalera incierta que
baja hasta los mismísimos cimientos de una de las más grandes tragedias. No hay
más que traspasar la puerta para encontrar fotos, planos, croquis y documentos
en los que ver hasta dónde puede llegar la crueldad del género humano.

Luego los muñones del pequeño pueblo acogen al viajero con
sus calles llenas de silencio y ruinas, de historias rotas un sábado del mes de
junio de 1944, cuando un destacamento de las Waffen SS acampó no demasiado
lejos de las últimas casas, casi en el mismo puente bajo el que el río Glane
sigue pasando hoy con la misma parsimonia, probablemente, que hace casi tres
cuartos de siglo. Las viejas fotos que muestran el resultado de la masacre de
entonces no son demasiado diferentes al panorama que puede verse en la
actualidad; si acaso, se echan en falta los escombros. Pasear ahora por sus
calles es retroceder en el tiempo hasta aquel día diez de junio. Aún se conservan
los nombres de algunas calles, números sobre las puertas de algunas viviendas,
letreros de negocios, las vías del tranvía que no vienen ya de ningún sitio ni
llevan a lugar alguno… Casi siempre hay turistas haciendo fotos, rezando en lo
que queda de la iglesia, caminando por las calles, pero raramente se oye alguna
voz; silencio y no más se requiere ante la desolación que impregna el ámbito.

La sólida mole de la iglesia, construida entre los siglos XV
y XVI, aún preside el ángulo que forman las dos calles más largas en el sur del
pueblo, un edificio que ha pasado tristemente a la historia no por el estilo
gótico temprano de su magnífica arquitectura, sino por haber sido el lugar
donde fueron encerrados más de doscientos niños y casi doscientas cincuenta
mujeres del pueblo antes de ser ejecutados. Los hombres fueron reunidos en el
Champ de Foire, la plaza mayor del pueblo, y fusilados posteriormente en las calles
y en las esquinas del pueblo.

Eriza el vello comprobar que los relojes que se conservan en
el cercano Centro de la Memoria detuvieron sus agujas entre las cuatro y las
cinco de la tarde, la hora en que el incendio que siguió a las ejecuciones
alcanzó su máxima crudeza. Quizá el hecho de saber que los autores de esta
matanza, alemanes y franceses adeptos al régimen de Vichy (los tristemente
célebres “malgré nous”), no hayan pagado por esta masacre dé un tinte de
desesperanza a este episodio ya desesperanzador de por sí. Los pocos
supervivientes de este genocidio y los habitantes del actual Oradour, levantado
a sólo unos centenares de metros al norte de este lugar, vivieron un segundo
drama, casi tan cruel como el primero al comprobar el paripé que resultó ser el
proceso de Burdeos, en el que todos comprendieron el elevado precio que tuvo
que pagar toda Francia, pero sobre todo este pueblo, por el armisticio.
Casi tres cuartos de siglo han transcurrido desde entonces;
hoy día, los habitantes del nuevo Oradour-sur-Glane se han habituado a ver a
turistas y a visitantes transitando sus calles y plazas en cualquier época del
año, quién sabe si en busca de ese trozo de humanidad que le falta a los libros
que hablan del pasado reciente de este lugar.
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