¡POCA A ENERO!

 ¡POCA A ENERO!

(Finalista Premio Onuba de Novela 2018

Publicado por Editorial Onuba, 2019)

(fragmento)

-Cabo Pinto –silabeó el capitano.

Me cuadré hasta la coronilla y abrí los tímpanos.

-Te he elegido voluntario por tus sobradas maneras –anunció mientras echaba un trago de la petaca.

-Sus órdenes –dije yo.

-Tríncate una escuadra reclutona y asómate por el cuerpo de guardia.

-Sí, mi capitano.

-Hay unas cajas de Arrollador para llevar a la cantina de oficiales –continuó, antes de volver a echarse el botellín al coleto.

Nada más oír lo de la cantina y el mollate, sentí que una ancha sonrisa se aposentaba en mi jeta y que un breve vértigo me subía, pese a mi cuadratura, gambeteando hasta las tragaderas.

El capi pisoteó el cemento cuarteado del patio, con una mano en la visera y la otra en el bolsillo donde intentaba guardar la petaca de calimocho, y chilló:

-¡Eeeenga ya, coñoooo!

Intenté cuadricularme aún más y chillé yo también:

-¡Ahora mismito, mi capi!

Un rápido reojo por la Cía me permitió elegir un cuarteto pluma. Los formé de manera decente, dos delante y dos detrás, y nos dirigimos al cuerpo de guardia. Doblamos al llegar al surtidor y encaramos la salida de nuestro querido cuartel. Allí, en la misma puerta de la Principal, estaba esperándonos el sargento Jordan, del Bon de Carros, de pie sobre las escalinatas de acceso. Le dio una última calada al liadillo y pronunció mi rango y mi nombre echando humo por los agujeros de la napia:

-Cabo Pinto.

-Mi sargento –reconocí yo dirigiendo la mirada al alero.

Jordan tiró al suelo el medio centímetro que le quedaba de colilla y lo pisó mientras también alzaba la chorla y miraba de manera marcial a algún sitio detrás de mí.

-Aquí tienen usted y sus escopeteros unas cajas de líquido, que deben llegar sin novedad a la cantina de oficiales –proclamó sin dejar de mirar hacia lo lejano.

-Sí, mi sargento.

-Como comprobará, se trata de una cosecha de tempranillo envasada expresamente para nuestros mandos –dijo, sacando una botella y enseñándome el sello de la etiqueta.

Arrollador, leí en el papel adosado a la botella, vendimia garnacha miliciana de bajo grado y alta cata. Añada ochentera.

Me llevé la mano a la visera de la gorra, al tiempo que taconeaba en sonoro, luego ordené a los reclutas que se agarraran a las cajas, me puse en cabeza de la formación y enfilamos hacia la cantina de los oficiales.

Aquel vinate prometía y así se lo hice saber a mis reclutas cuando nos alejamos de Jordan.

-Mi cabo –susurró Vindel, gran porrero en el presente y pasable cabo rojo en un futuro lejano.

Dejé que el silencio por respuesta se extendiera entre mis reclutones y yo, esperando a que Vindel hiciera más concreto su comentario. Pero fue mi chófer Cerino quien cantó:

-Podría usted catar de uno de estos garrafones y contarnos algo.

-Cerino –dije yo, intentando mantener la parsimonia-, ¿quiere usted decir que nos metamos detrás de estos arbustos y echemos un trago corto fuera de las vistas de los plantones y de los suboficiales?

-Corto o largo –precisó Pereiro por lo bajini.

Dicho y hecho, nos colamos entre la hierba que florecía frente a los surtidores de gasoil y nos abrimos la primera botella con ayuda de las zunchas de uno de los cargadores.

Bebí yo primero, porque para eso era cabo, después nos fuimos pasando el envase de uno en uno, echándonos a pecho la añada tintorra. Apurada hasta la última gota, decidí abrir una segunda botella y nos la bebimos tal como habíamos hecho con la primera.

Tres cuartos de hora después aún quedaban dos cajas completas y, de la otra, una botella hasta la mitad. Nos pusimos de pie como pudimos y mandé firmes. Me di la novedad a mí mismo y ordené trincar lo que restaba:

-Vámonos –voceé, y nos pusimos de nuevo en camino.

Los plantones que estaban a la puerta de la cantina de oficiales comprendieron nuestra realidad al vernos venir a paso sequerón; uno de ellos enderezó la osamenta, mientras el otro nos franqueaba la entrada.

La cantina de oficiales era un paralelogramo percudido y oloroso. Nada más entrar, cuadriculé a la chusma y me coloqué como pude, aprovechando el quicio de la puerta para verticar apropiadamente y sin tambaleo. Con un gesto por encima del hombro, ordené a mi valerosa escuadra que se percatara de lo que yo acababa de percatarme: en la foto en blanco y negro que presidía la pared de mayor nobleza, el caudillo mayor apuraba una sonrisilla bajo su bigote vertical y corto; los ojillos, vivarachos y entrecerrados, parecían vitorear desfiles y pamplinas pasadas; y sus brazos, acortados por la pose osada y castrense, se juntaban más arriba de la ingle, dando sensación de gerifalte poderoso. Nada en él destilaba ese amaneramiento decaído del que suelen hacer gala los jefecillos del tres al cuarto, buscando oportunos postureos de cara a traslados, tránsitos y ascensos. Un cuartillo de pundonor ganó mis centros y los de mi plebe observando el retrato.

Entonces el teniente Steven se acercó fumando un petardo mal liado y bamboleándose a ambos lados. Llegó a nuestro lado e intentó cuadrarse:

-Pinto, veo tu galón.

-Señor –dije yo.

-¿Traes el caldo?

-Afirmativo, mi teniente.

En ese momento, el teniente miró las cajas. Nosotros, con gran tino, habíamos colocado las que estaban llenas arriba y nadie diría que nos habíamos tragado casi media docena de botellas.

-Misión cumplida –sentenció entonces-, ponedlas allí, donde está el brigada Soldán.

El brigada, más ancho que alto, dormitaba en una butaca, con una botella vacía en el regazo y la gorra puesta. Abrió un ojo cuando llegamos y pronunció una sola palabra:

-Cabo.

-Brigada –contesté yo.

-¿Traes la priva?

-Y de una añada excelente, mi Soldán.

-Dígale a uno de sus plumas que me abra una botellita, Pinto.

-A la orden, mi brigada.

Sin necesidad de que yo hiciera efectiva la orden, Cerino trincó la botella y la descorchó de inmediato.

-Coja otra para usted y sus fusileros, estarán deseando catar este mollate.

-Sin duda, mi Soldán.

El brigada cantó:

-¡Nunc est bibendum!

Después entrecerró los ojos y se echó al coleto la botella. Entonces ordené a Cerino que abriese otro envase para nosotros.

Soldán miró la maniobra cerina y se colocó de nuevo la botella bajo el bigote, levantándola casi hasta la vertical. Luego se limpió el boquino con la manga y habló:

-Cabo Pinto, quédense un rato mientras beben el tintorro, en breve saldrá al escenario el vicario Lápiz a pronunciar un texto que no sería ocioso oyeran usted y sus escopeteros.

Dicho y hecho, aparcamos en los reposaculos incómodos de detrás, pasándonos la botella de caldo de uno en uno, mientras esperábamos a que saliera el predicador.

Observé la estancia donde todos hablaban sin escuchar y, lo que es aún mejor, probablemente sin oír. Pocas cosas hay tan ciertas como las que uno dice cuando ha trasegado bastante vinate y este ha calado ya hasta las cercanías de neuronas y cerebelos; y precisamente eso es lo que ocurría en casi todas las chorlas y en los centros de los oficiales allí presentes. Tenientes, capitanos, alféreces y sardinetas, muchos de ellos con vasos, tazas o copones en las manos, hablaban sin parar en el ámbito, consiguiendo un murmullo sólido y sordo en el que se hacía difícil entender nada.

Lápiz salió a la palestra, aunque poca gente se diera cuenta de ello. Fumaba su pipa larga y llevaba en una mano una especie de misal antiguo de pastas acartonadas. Se quedó un momento en vertical y un sardineta de Carros le pasó desde el ángulo un vaso que trincó con la otra mano. Se lo tragó de una tacada y miró al frente, allí donde el retrato de Paco Franco se aburría junto a una telaraña recolgona. Se quedó un momento quieto y sacó pecho antes de empezar a mover los labios. Controlé entonces que nuestro sardineta Soldán se volvía hacia nosotros y nos guiñaba el ojo bueno, como diciendo: “ahí está el tío, cuántos cuarteles y regimientos quisieran tenerlo entre sus filas”. Levanté yo entonces la botella y, en lontananza, giré un brindis por el vicario y por todo el puñetero ejército. Lo propio hizo Soldán con su botella y con su petardo ya mermado.

Lápiz movía el morro con fruición, probablemente perorando sobre vendimias y venencias. Nadie parecía escuchar o comprender aquello que conferenciaba y que, por otra parte, quedaba ahogado por el murmullo cubatero de los oficiales.

Un buen rato después, cuando ya parecía haber terminado, el mismo sardineta de Carros de antes le pasó un nuevo copón bien lleno de mollate. El reverendo Lápiz se echó a pecho el caldo e hizo mutis por la retaguardia.

Nosotros apuramos las escurriduras de la botella y omitimos el aplauso. Vindel me dio entonces con el codo y carraspeó una oración transitiva:

-Mi cabo, Batista pronunciará su soneto –dijo, mirando al escenario donde acababa de hacer acto de presencia el padraco poeta de mi curso y reclute. ¡Por el gran Allan Poe beodo! ¡Era Ibáñez Batista, con su escribanía bajo el brazo, el que arrastraba sus botos por la madera podrida del tablao!

Eché un trago largo, me levanté y me apoyé mejor en el respaldo de la butaca, donde el sardina Soldán seguía repantigado intentando liar un canuto ancho con un trozo de papel de solfa, y me dispuse a abrir las orejas convenientemente.

Entre el estruendo de risas y cantes milicianos, Ibáñez deslió el pliego y se agarró con la otra mano a la cortina. Aunque ninguno oíamos lo que decía, todos vimos cómo abría y cerraba la boca, no nos cupo duda: estaba recitando alguna literatura de esas que decía componer en las noches de guardia. Me sentí útil al ejército y comprendí que tenía que guardarme en mis adentros aquellos episodios que tanto echaría de menos en mi vejez tardía. Y debí de pensarlo en voz alta porque entonces el teniente Marrull, acodado allí al lado, remachó:

-Mi cabo, esté al loro, porque al reemplazo de Enero le van quedando cada vez menos oportunidades de gozar de estas rimas.

Y por todos los pareados de la biblioteca del cuartel que aquello era tan cierto como que aquel día nos quedamos toda la mañana catando el tinto Arrollador de aquella singular añada, con los oficiales y cuervos, que cogimos una de las curdas más grandes que se recuerdan en el Regimiento y que la mili que le quedaba a Enero ya no era mili ni era nada.


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