EL SOMBRERO HUECO
EL SOMBRERO HUECO
(Novela publicada por Pábilo Editorial, 2017)
-Fragmento-
uno
Llovía en Huelva. Nuestra oficina estaba
en el paseo de Santa Fe, en la planta alta de un edificio catalogado como de
interés por el Colegio de Arquitectos, aunque a mí más bien me parecía una
vieja edificación necesitada, como mínimo, de una buena mano de pintura. La madera
de la única ventana que tenía el despacho empezaba a hincharse en otoño y hasta
que la primavera no estaba asentada no volvía a cerrar bien. En cambio, tenía
una magnífica vista sobre el lateral de la parroquia de San Pedro, sobre el
muro que la separaba de la calle y sobre sus escalinatas de ladrillo, sobre las
cocheras del antiguo mercado de Santa Fe, con las que la iglesia tenía cierta
conexión visual.
Si no hubiese sido por aquel impromptu, la mañana hubiera significado
sólo aburrimiento y rutina. Aún sonaba Schubert en el radiocasete de la oficina
cuando colgué el teléfono:
—Cía Seguros, jefe —dije—, nos
necesitan.
Don Amalio puso cara de lunes:
—¿Han dicho de qué se trata?
—La secretaria sólo ha dicho que es
urgente.
—¿Sólo eso?
—Sí, jefe, ya sabe cómo son esos tipos
de escuetos. Debe de dolerles la factura del teléfono tanto como a nosotros
—añadí.
—Ahórrese los comentarios, Gómez, y
acompáñeme, por favor.
Lola, que seguía tecleando algo en la
Hispano Olivetti, levantó un momento la cabeza, mientras el jefe y yo descolgábamos
las gabardinas:
—No olviden los paraguas—aconsejó.
El pavimento encharcado de la plaza de
las Monjas brillaba bajo el cielo plomizo. La única nota de color la ponían las
luces, encendidas a pesar de la hora, del quiosco de hamburguesas en una de las
esquinas del hotel París. Su chimenea de latón humeaba al aire gris de
noviembre y dejaba en el espacio el olor de la carne a la plancha.
Don Amalio habló:
—Todos los informes que hemos entregado
hasta ahora a Segarra han estado impecables —me recordó, refiriéndose a los
tres o cuatro trabajos que habíamos hecho para Cía Seguros hasta la fecha—. Hay
que procurar mantener el nivel, Gómez.
—Por supuesto, jefe.
Tomamos la parte peatonal de la calle
comercial: ropa, zapatos, ultramarinos, papelerías, pastelerías, perfumerías,
bares… Los escaparates flanqueaban el flujo incesante de gentes y paraguas. Los
pedigüeños habían desaparecido de sus lugares habituales esperando tiempos
mejores.
Las once de la mañana sonaron en el campanario
de la Concepción justo en el momento en que pasábamos por delante de la fachada
principal del templo. Comenzaban los oficios matinales en la iglesia y los
fieles más rezagados cerraban los paraguas en sus puertas, mientras los ecos de
las campanadas se quedaban flotando en el ámbito, yéndose calle abajo,
mezclados con la lluvia, con el olor a salitre que subía desde el puerto.
Don Amalio guardó la frase hasta justo
antes de embocar la calle Marina:
—Cuando yo era niño el agua de la ría
llegaba hasta aquí.
—Casi como ahora —respondí yo, a pesar
de que la ironía nunca ha sido uno de mis puntos fuertes.
—Incluso había establecimientos públicos
en algún sitio donde la gente acudía a darse baños de mar —completó el jefe,
señalando la encrucijada de las calles que convergían en La Placeta.
Don Amalio era onubense de nacimiento y
de vocación y no desperdiciaba momento alguno para ilustrarme sobre la ciudad y
ponerme al tanto de anécdotas y curiosidades. Y yo, que era onubense sólo de
vocación, le agradecía el detalle. Además, era quince años mayor que yo, lo
cual le daba la ventaja de haber conocido esa Huelva que ya se había perdido y
que me era tan familiar gracias a sus peroras. Los colmados, los refinos, las barberías,
los cines de verano al aire libre o los puestos ambulantes de caballas y
camarones estaban siempre en sus comentarios preñados de nostalgia, henchidos
del olor de las biznagas y de la brea de la madera que traían consigo las embarcaciones
y los trenes mineros, conformando una ciudad desaparecida en gran parte y que
surgía en mi imaginación como una serie deslavazada de postales en blanco y
negro.
La plaza Doce de Octubre expandió el
horizonte lluvioso cuando apuramos el último tramo de la calle Marina. Cía
Seguros estaba ubicada en el edificio Torre del Mar, el único de la ciudad que
tenía veinte plantas, ocupando la mayor parte del tercer piso. Quizás por eso
le dije al jefe que yo subiría por las escaleras.
Llegué arriba en el mismo momento en el
que se cerraban las puertas del ascensor del que acababa de salir don Amalio.
En uno de los laterales del pasillo había un neón blanco y negro de Cía Seguros
con el logotipo a un lado de las letras: un candado.
Hicimos caso al cartel de plástico
adherido a la puerta y pasamos sin llamar. Nos acercamos al mostrador y nos
identificamos ante la secretaria.
—Dejen los paraguas ahí, por favor
—pidió, señalando una especie de ánfora de barro.
Al lado de la vasija había una percha de
pie con cabezas de leones labradas en la madera donde colgamos los gabanes; don
Amalio se sacó el sombrero y lo colocó encima del suyo.
La recepción no era demasiado amplia, lo
suficiente para albergar también dos sillones, destinados a hacer las esperas
más cómodas, y una fotografía mural en blanco y negro del monumento a Colón de
la Punta del Sebo, con la leyenda sobreimpresa: ‘Cía Seguros para una Huelva
segura’, donde otra vez aparecía el candado. Un candado que simbolizaba lo
inexpugnable de los avales y de los fondos de pensiones, de los planes de
jubilación de los ciudadanos que confiaban sus finanzas a la empresa cuya
delegación en Huelva dirigía Agustín Segarra.
La chica salió desde detrás del
mostrador:
—El señor Segarra está esperándoles —nos
confirmó, invitándonos a seguirla con un gesto de la mano.
Mientras movía el trasero delante de
nosotros, dijo algo que no entendí; miré al jefe y él me miró a mí,
encogiéndose de hombros. Enfilamos un pasillo largo. La moqueta gris e impoluta
atenuaba nuestro apresuramiento en un silencio en el que sólo se oía el roce de
las medias de la muchacha. La secretaria volvió a hablar, seguramente a repetir
lo que había dicho anteriormente. De nuevo el jefe y yo nos miramos y creo que
ninguno de los dos, tampoco esta vez, entendimos nada.
En las paredes colgaban copias al óleo
de Veronés, de Tiépolo y de Botticelli. Don Amalio, ausente de las pinturas y
del trasero de la secretaria, mordía un habano que acababa de sacar del bolsillo
superior de la chaqueta.
—Para hacernos pasar directamente al
viejo Segarra debe de tratarse de un asunto muy serio —susurré apenas, moviendo
brevemente la cabeza hacia don Amalio.
El jefe masticó la punta del puro e hizo
oídos sordos a mi comentario.
La señorita abrió sin llamar la única
puerta que había al final del corredor. El despacho de Segarra gozaba de la
misma asepsia que la recepción y el pasillo. La pared del fondo, la única que
no estaba forrada de madera, se abría a un ventanal que nos mostraba los
Jardines del Muelle, los tinglados del puerto, la ría bajo la lluvia, las
salinas y los astilleros del otro lado del Odiel. Ante la cristalera estaba
sentado Segarra.
—Buenos días. Hemos venido rápidamente
—saludó el jefe—. La chica nos dijo que se trata de un asunto urgente.
—Urgente no, Galván, vital. Es un asunto
vital.
El bueno de Segarra había alargado la
última sílaba más de la cuenta y se había quedado sin reservas de aire dentro
de la voluminosa pechuga.
Luego continuó:
—Ha desaparecido el señor Endivia.
—¿Endivia? —se sorprendió don Amalio—.
¿Cuándo?
Segarra manoteó el aire, mirando con la
cabeza gacha su propio escritorio, levantó la vista y habló:
—La policía lleva un par de días intentando
encontrar alguna pista.
El señor Segarra sudaba más de lo que
permitía la superficie de su calva. Parecía una olla de agua que llevara varias
horas al fuego. Hablaba, gesticulaba y nos miraba a través de sus vidrios de aumento
montados en oro líquido.
—¿Es cliente de ustedes? —quise saber y
aún no había terminado la pregunta cuando supe que había metido la pata.
El jefe asintió con un gesto y masculló:
—Gómez, el señor Endivia tiene aquí un
seguro de vida de quinientos kilos. Lo sabe todo el mundo.
Agustín Segarra ni se molestó en
mirarme, se inclinó hacia la derecha, abrió uno de los cajones de la mesa y
extrajo un dossier que endosó a don Amalio antes de que pudiéramos decir algo
más:
—Ahí está todo lo que tenemos—Segarra
sacó un pañuelo y se enjugó la anchurosa frente—: fotocopias de su carné, de su
permiso de conducir, pólizas, cuentas corrientes, la empresa a su nombre,
direcciones, teléfonos, contactos…
El jefe dejó el veguero en un cenicero
de mármol y comenzó a ojear las páginas fotocopiadas del cartapacio ofrecido
por Segarra, humedeciéndose de vez en cuando los dedos en los labios. Al llegar
a la última, musitó:
—Muy bien.
—Tienen que encontrarlo —ordenó Segarra,
mirándonos ahora por encima de las gafas.
Detrás del cristal de la ventana, la
lluvia, desmarcada de intereses, negocios y asegurados, seguía cayendo sobre
las paradas de autobús y sobre el parque, sobre los obeliscos, sobre los
paraguas y sobre la prisa de la gente que cruzaba la plaza Doce de Octubre.
—Vivo —remató.
Estaba todo dicho. El semblante de
Agustín Segarra expresaba muy a las claras que no había más que hablar, que ya
nos podíamos poner manos a la obra y encontrar coleando y vivo al señor
Endivia.
Don Amalio se acomodó la documentación
bajo el brazo, atrapó el habano con la mano libre, dimos media vuelta y salimos
por donde habíamos entrado, enfilando de nuevo el pasillo de las pinturas
italianas, esta vez con rumbo a las gabardinas y a la secretaria.
Ésta levantó la vista cuando nos
detuvimos junto a la percha y murmuramos una despedida:
—Buen día para ustedes también.
Las puertas automáticas del ascensor se
abrieron, mostrándonos nuestras propias imágenes en el espejo mural de dentro.
Esta vez entré en el ascensor con don Amalio:
—¿Por qué desaparece un tipo con tanta
pasta? —pregunté entonces.
El jefe esperó a que se cerraran las
puertas para responderme muy bajito, mientras miraba el suelo:
—¿Quién puede saberlo, Gómez? Un
desmarque para reponer energías y desconectar, un escape para relajarse o para
blanquear dinero... Incluso unos días de disfrute ilícito con una amiguita. A
veces, esta gente con tanto patrimonio no tiene otra cosa más importante en qué
pensar.
Bajábamos en el ascensor a velocidad
supersónica con música de Paco de Lucía de fondo. Los papeles que nos había
dado Segarra tenían todos los datos para empezar la tarea.

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