RIA FORMOSA EN KAYAK

RIA FORMOSA EN KAYAK

(Publicado en la revista TOP VIAJES, números 81, 82 y 83, 

septiembre, octubre y noviembre de 2017)

-fragmentos-

El sonido del océano rompiendo en las playas del otro lado de la isla nos acompaña en este viaje; sin embargo, estamos tan hechos a él que a veces no somos conscientes de oírlo. Da la impresión de que los demás ruidos se suceden sobre el eterno bramido del mar, como si éste solo fuese silencio.

Las orillas de la isla se ven salpicadas por algunas pajareras de curiosas formas, construidas artesanalmente con maderas, que nos hacen adentrarnos y sacar las cámaras de fotos de los tambuchos para documentar este pequeño viaje.

Volvemos a navegar entre pequeños islotes y, tras unos meandros estrechos y poco profundos, aparecen en nuestro horizonte los arenales de Armona y las casitas del poblado. Algo más acá vemos un punto negro. Parece un barco. A medida que nos acercamos, nos lo va pareciendo a los tres: es un barco encallado a levante del poblado.

Donax, leemos en la proa cuando estamos lo suficientemente cerca. Es un pesquero oxidado y decrépito que la bajamar ha dejado por entero en seco. A unos cientos de metros de él están las primeras viviendas de Armona y su pequeño muelle de embarque.

Atracamos en la playa y dejamos los Konero en seco. Vista desde aquí, es fácil comprender el porqué de ese sobrenombre de cidade cubista: los perfiles de Olhão en la otra orilla parecen salidos del norte de África, de los barrios marroquíes, de la arquitectura morisca de las medinas y las alcazabas. 

Son las doce de la mañana cuando pasamos frente a la casa do capitão, que no es más que una caseta de auxilio a náufragos construida encima de pilares de hormigón sobre el agua y con aspecto de abandonada.

Seguimos remando en dirección suroeste, el sol se ha levantado más alto y de nuevo la ría, a medida que nos vamos alejando de nuestro punto de partida se va volviendo solitaria. Solo el tren de la Linha do Sul nos hace girar las miradas hacia tierra firme cada vez que oímos su traqueteo, casi en el borde del agua. Ria Formosa aquí es un verdadero frenesí de islas e islotes en el que es difícil orientarse. Continuamente entramos en canales y esteros sin salida donde es necesario maniobrar y volver para buscar la ruta correcta. 

Hoy nos ha ayudado un marinero que calaba sus palangres:

-Ter cuidado com os labirintos dos sapais e ilhotas -ha repetido un par de veces después de explicarnos cómo salir hacia barlovento, al tiempo que hacía malabares con la colilla del cigarro para no dejarla caer de los labios.

Cuando como ahora, sin necesidad de atracar, dejamos de remar para hacer una pausa, refrescarnos y conversar, la corriente nos sigue meciendo, llevándonos suavemente hacia embocaduras que permanentemente nos siguen pareciendo iguales a las demás.

El color de estas aguas es cambiante como el cielo y las horas, como las corrientes que a veces nos hacen bogar solo por una amura para recuperar el rumbo. Azules y turquesas, verdes, cianes y celestes, grises a veces, índigos diluidos en el azul ultramar del agua profunda, se mezclan en el vaivén infinito de la superficie, en el oleaje imperceptible y en el balanceo de la marea que se escurre hacia el mar entre una isla y otra.

Abundan aquí aves acuáticas y perezosos insectos de agua, también antiguas industrias abandonadas de salinas y salazones. 

Nos dejamos llevar por el instinto, eligiendo los esteros más anchos para navegar por ellos. De poco sirven los mapas en estos enormes campos de agua, en este laberinto de marismas en el que todo parece idéntico a sí mismo. 

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