GALERÍA DE BACHILLERATO

GALERÍA DE BACHILLERATO 

La nieve y la adolescencia son los únicos problemas

que desaparecen si los ignoras el tiempo suficiente

Earl Wilson

Nuestras escuetas economías se veían aliviadas en parte cuando íbamos al cine el lunes o el martes, en vez del domingo por la tarde. Además de que ponían la misma película y de que costaba un duro menos, nos metíamos más en la trama. Disfrutábamos más el argumento porque no teníamos que idear estrategias para cambiar de asiento a fin de acercarnos a las chicas que más nos gustaban. Los días de diario ellas no iban al cine, hacían las traducciones de Latín y Griego, estudiaban Geografía o resolvían los problemas de Matemáticas. Esas noches, con la sala de proyecciones casi vacía, nuestra atención se centraba por completo en la pantalla y en lo que allí sucedía.

Esos días de entre semana, el pueblo se vaciaba pronto. No quedaba gente en la calle cuando salíamos del cine. Era la hora en que cerraban las puertas del Casino de los Topos y apenas un par de parroquianos bebían taciturnos en la tasca del Raspao, sobre cuya puerta sin letrero una bombilla macilenta alumbraba la Vespa de tío Antonio, asiduo feligrés de la taberna.

Subíamos después por la carretera hasta casi las afueras, donde vivíamos nosotros. En el barrio solo la ventana de don Laureado, director del instituto, permanecía iluminada.

 

DON LAUREADO

Don Laureado se decía poeta. Cada tarde, mientras dábamos patadas al balón y nos llamábamos unos a otros Gárate, Amancio o Asensi, antes de pelearnos por un penalti que había sido, quizás sin serlo, lo veíamos inclinado sobre la máquina de escribir pergeñando una nueva rima que iría destinada a la publicación municipal anual con ocasión de las fiestas de septiembre. Era cuando la vendimia aún llegaba a cada rincón del pueblo. Cuando asnos y mulos atravesaban las calles y las plazas para llevar el tesoro vendimiado hasta las bodegas. Mi padre, que construía conos de cemento para almacenar el vino, solía decir que cada calle tenía su bodega. Cuando, ahora que ha pasado desde entonces más de medio siglo, vuelvo la vista atrás o miro las antiguas fotografías del pueblo, comprendo que todo aquello que tan trivial y carente de importancia nos parecía a mis amigos y a mí, conformaba una tremenda riqueza y constituía la gran felicidad de cada día.

Las mañanas eran un incesante trajín del ir y venir de los agricultores con los serones cargados de uva hasta los lagares de las bodegas bajo el sol de mediados de septiembre. Lagar y luz, dijo una vez don Laureado resumiendo sabiamente en esos dos sustantivos el alma de nuestro pueblo. Al atardecer, los serones ya vacíos y limpios se secaban en las puertas de algunas casas y las moscas posaban sus pegajosas patas en cualquier sitio.

Más tarde, con las sandalias llenas de tierra, volvíamos de una nueva aventura del Moriero, el lugar más alejado dentro de nuestro radio de correrías y travesuras, prohibido por nuestras madres, pero tan atractivo para nosotros que muchas veces franqueábamos las fronteras de lo permitido y nos adentrábamos entre las últimas viñas, antes de los pinos, donde se pudrían las bestias. Pocos se tomaban el trabajo de enterrar a sus animales difuntos, el moridero del pueblo era el sitio donde con nuestros pocos años descubríamos la verdadera naturaleza efímera del ser vivo. La realidad de la carne, certificaba Juanito, el empollón del grupo. Sin embargo, bastaba volver al viñedo e iniciar el regreso al pueblo para olvidar de inmediato las certitudes de la putrefacción.

Pasábamos delante de la ventana de don Laureado cuando él ya había encendido el flexo. Ahí seguía, formando un ángulo agudo con la superficie horizontal de la mesa, atento al papel emergido del rodillo de la máquina de escribir, esculpiendo su soneto con la minuciosidad de un tallista.

- Iba pa cura –decía impepinablemente Rogelio, cuando todos mirábamos, un poco de soslayo, hacia donde la ventana nos mostraba el perfil de nuestro director, recortado por la bombilla incandescente.

Y nos imaginábamos a un don Laureado enfundado en su sotana, recorriendo, tieso como una mojama, las umbrías del seminario con la vista posada en las bóvedas desconchadas y en las lámparas a medio iluminar, con un manojo de rimas trabajadas concienzudamente en la quietud de la celda bajo el brazo.

- Se salió justo antes de que le dieran el título –volvía a hablar Rogelio que, en calidad de vecino suyo, decía ser conocedor de los pretéritos de nuestro director, ocultos al conocimiento de los demás mortales.

Siete fueron los enanitos; siete, las novias de cinemascope para los siete hermanos; siete, las calaveras que duermen en el valle o los pecados capitales... También fueron siete mis años de Bachiller, los siete magníficos: seis cursos más COU. En ninguno de ellos encontramos abierta la biblioteca del instituto.

Nunca nuestro director poeta nos dio una razón, nunca esgrimió una frase que nos permitiera atisbar cuándo podríamos regocijarnos recorriendo con el dedo los anaqueles de madera repletos de héroes y hazañas, y elegir héroes y aventuras.

- ¿Habéis hablado con el director? – me preguntaba mi madre, gran devoradora de libros de quien heredé mi afición a la lectura, cuando yo comentaba en casa la frustración lectora.

Pero hablar con el director era imposible. Nos hacíamos los encontradizos, pasábamos a su lado, pero don Laureado no nos veía. Anduviese por los pasillos, por el patio de recreo o se dirigiese de un aula a otra, su mirada se dirigía a las elevaciones, no ya esperando encontrar las bóvedas cariadas del antiguo seminario, sino escudriñando las alturas donde debía de estar el ateneo celestial en que los coronados por el laurel esquivo del éxito trabajaban sus estrofas, el Olimpo de los poetas consagrados, ese que nuestros ojos adolescentes eran incapaces de atisbar y que, sin embargo, don Laureado llevaba reflejado en sus retinas atolondradas.

He escrito antes que nunca en siete años se abrió la puerta de la biblioteca del instituto. Miento, una tarde entramos en ella con la hermana Presentación.

 

LA HERMANA PRESENTACIÓN

Era la única religiosa que impartía clases en el instituto. La hermana Presentación era una monja diligente, amable y silenciosa que nos daba Física y Química –inescrutables son en verdad los caminos del Señor- y que a veces traía su guitarra para cantarnos canciones de Cecilia, Jarcha y Aguaviva. Siempre la vimos dentro de su uniforme gris, tocada por una cofia de igual color con bordes blancos. También era ella la que se había autoimpuesto el cometido de regar cada dos o tres días los maceteros de los pasillos, tarea en la que la acompañaba un grupo de alumnas voluntarias, ecologistas prematuras. ¿O quizás pupilas halagadoras buscando una buena nota en los exámenes?, nos cuestionábamos nosotros en los recreos, apoyados en la baranda con la boca llena de bocata.

- Piensa mal y acertarás –sentenciaba Cipri, cuando la brigada agraria salía de los aseos bien pertrechada de cubos llenos de agua.

Como ya he escrito, a la hermana Presentación cupo también el honor de abrir la puerta de acceso al templo de la literatura impresa de nuestro liceo aquella tarde de lluvia.

Hasta que no oímos el chirrido de la puerta al abrirse, no tuve la total seguridad de que ahora sí podría entrar en aquel recinto desconocido, estrecho y sosegado, donde aquel día descubrí las aventuras de Tintín. Debió de ser una hora de estudio, una quizá en que había faltado algún profesor y que yo aproveché para engullir dos libros de Hergé. Nunca más volvimos a entrar.

- Para ejercitar la memoria –respondió la hermana Presentación el día que el listillo de Agustín le preguntó que para qué servía memorizar los elementos de la tabla periódica-. Lo mismo que entrenáis las piernas corriendo o jugando al fútbol, la mejor manera de entrenar la memoria es utilizándola.

Su voz, tan menuda como ella, llegaba a todos los rincones del aula, a pesar de su escaso volumen:

- Los elementos de la tabla periódica, los ríos o los reyes de España no son tan importantes en sí como el hecho de aprenderlos de memoria. Eso hace que la estemos ejercitando –sentenciaba.

Y, ahora que las modas han pasado por la guillotina la enseñanza memorística y que la ineptitud de los sucesivos gobiernos ha ido acabando con ella, uno se pregunta si en realidad estamos tomando el camino adecuado.

- ¡Perreeeeengo, perrengoooo!

Pero septiembre, además del perrengo y la vendimia y las fiestas del pueblo y el inicio del curso, nos traía la publicación de la revista donde don Laureado plasmaba su soneto forjado a golpes de sinalefas, hipérboles y metonimias en tardes de calor y noches de vigilia. Al llegar a la página donde nuestro director había incluido su hacienda escrita, era preceptivo leerla detenidamente, volver atrás las veces necesarias, buscar algún arcaísmo en el diccionario, aunque aún así no fuese fácil saber qué había querido decir don Laureado con aquella colección de versos y rimas, matemáticamente tan exactos en medida y peso que no habría sido descabellado atribuirlos a Bigote.

 

BIGOTE

Venía montado en un Seiscentos gris desde un pueblo vecino para intentar enseñarnos Matemáticas. Un gris diferente, más oscuro tal vez, era el color del traje que vestía. Jamás lo vimos con otro distinto. El discreto cambio de corbatas era lo único que percibíamos desde nuestros pupitres como diferencia cierta. La cartera y los zapatos eran también pequeñas discrepancias del color en su atuendo en el que perseveraba lo anodino y lo anacrónico. La delgada línea, también gris, sobre el labio superior nos había hecho acuñar el nombre de Bigote que, lejos de ser un sobrenombre, un mote o un apodo, se había convertido en nombre propio por derecho también propio. De talla recortada y paticorto, Bigote tenía porte y pisaba con resolución los dos escalones de la tarima al llegar a clase. El sonido de sus pasos resueltos sobre la madera, hasta llegar a la mesa del profesor, eran como las campanadas de las que hablaba Hemingway al comienzo de su libro. Cuando poco después pasaba las páginas del listado para elegir a quién preguntar la lección o las actividades ese día, el aire del aula conseguía solidificarse y el silencio se adueñaba de la estancia. Nosotros, con la cabeza gacha sobre los cuadernos, le oíamos pasar cada página y las contábamos mentalmente. Pasar dos páginas significaba que Bigote estaba sobre la ficha de Francisco Bratos; tres, sobre la de José Castellano; cuatro, sobre la mía…  no había moscas que volaran en ese momento en el ámbito, el aire podía cortarse y el devenir se hacía un mazacote estático sobre todos nosotros.

Bigote nos hablaba de usted. Cada curso traía una nueva estrategia, un año nos hizo subrayar las definiciones y conceptos más importantes en el libro de texto; otro, nos hizo comprar cuadernillos; al siguiente, nos dividió en pequeños grupos de alumnos, cada uno de los cuales se encargaba de formular ejercicios y problemas relacionados con el tema a otro grupo… Cada comienzo de curso, la asignatura de Matemáticas nos deparaba una nueva sorpresa que, paradójicamente, ni volvía más atractiva la asignatura ni hacía que entendiésemos sus entresijos ni que pudiésemos caminar con soltura entre sus guarismos.

Con la tiza en la mano, Bigote se volvía hacia la pizarra para explicarnos complicadas operaciones matemáticas que la mayoría no atinábamos a comprender. Entonces aparecía el polvorón, el círculo blanco de la coronilla, como una tonsura de fraile, donde imaginábamos diámetros, senos y cosenos, líneas tangentes y secantes.

Bigote era un personaje serio y poco dado a la charla fútil, tal como definen los cánones, no siempre acertados, a los profesores de las ciencias exactas. Su asignatura era quizás el mayor obstáculo de cuantos encontrábamos en nuestra singladura de bachillerato. Quizás ser vecino de pupitre de Luis Alberto me permitió dominar algunas de las técnicas más comunes para copiar en los exámenes con la mayor pericia y poder aprobar la asignatura cada vez que llegaba el final de cada trimestre. Sabíamos que hacerlo delante de Bigote era una temeridad y que su asignatura se sustentaba en la resolución de ejercicios y problemas, pero que también existían las fórmulas, los enunciados que había que saber al dedillo, los teoremas, las temibles ecuaciones, tan indescifrables como las traducciones que nos mandaba la de Griego.

 

LA DE GRIEGO

La de Griego se llamaba María Teresa, aunque para nosotros era La Greca. Palabra que al oírla me remitía invariablemente al dúo flamenco que cantaba en aquella época Te estoy amando locamente. Cuando venía minifaldera, su cuerpo espigado era el imán que nos hacía olvidar de inmediato cualquier otra persona, animal o cosa que estuviese dentro de nuestro campo de visión. Esos días en que su falda corta revoloteaba al cruzar por los pasillos había bofetadas por coger el mejor sitio bajo las escaleras, antes de que subiera ella. Hoy las trae blancas, nos decía a veces Rufino cuyo pupitre, justo enfrente de su mesa, le procuraba el mejor de los panoramas.

La dificultad en asimilar el alfabeto griego se veía aumentada por cuanto pocos de nosotros prestábamos atención a sus explicaciones cuando ella deambulaba por la tarima. ¿No miras el texto?, me preguntó un día en el que vino al instituto con unos vaqueros tan ajustados que no creo que ninguno respirásemos ni una sola vez durante aquella hora de clase. Gramática, sintaxis, léxico… necesité todo el primer año para poder memorizar las declinaciones… porque las conjugaciones fueron harina de otro costal.

Hoy día en que los escollos memorísticos no existen en las vidas acomodadas de los estudiantes, priman valores y sentires, y no es el número de suspensos lo decisorio sino la felicidad del alumnado. Hoy día en que el esfuerzo ha desaparecido de las preocupaciones de los estudiantes, que incluso han desaparecido las propias preocupaciones y que el aprobado general se ha instalado en planes de estudio y evaluaciones, logrando su estatus de ley de leyes, serían inútiles los riesgos que afrontábamos durante cada examen en los que copiábamos sin desaprovechar un minuto, como tampoco en la actualidad existiría la incertidumbre del compás de espera que se abría a finales de mayo y que no acababa hasta que aparecían los folios de las puntuaciones colocados con cinta adhesiva en la cristalera del cuchitril de los dos conserjes.

 

LOS DOS CONSERJES

El gordo y el flaco de las viejas películas en blanco y negro eran como nuestros dos conserjes pero con sombrero. A pesar de conocer sus nombres, todos los llamábamos Oliver y Stan, cosa que no parecía importunarlos, nunca supimos si por la ignorancia cinematográfica de nuestros bedeles o porque el hecho de que los identificásemos con dos personajes célebres del celuloide los hacía más partícipes en esa otra película que transcurría cada día en nuestro instituto.

Aunque ambos eran guardiaciviles retirados, nuestros Oliver y Stan eran tan distintos entre sí como los verdaderos. Oliver recorría los pasillos con la cara hosca del estreñido. Siempre al acecho del alumno, un pertinaz pesimismo se había instalado en su rostro como el cartón de una careta perenne y huraña. El gruñido que salía de su cavidad bucal, apenas entreabierta, con el que contestaba a cada saludo nuestro era tan breve que a veces parecía un ruido de sus zapatos perfectamente engrasados o un pedo cualquiera evadido inopinadamente de su dilatado organismo. Enfocaba su quehacer diario al acomodo de cada profesor, como si los alumnos no formásemos parte de aquella multitud que cada día pasaba por los pasillos o entraba y salía de las aulas. A ninguno de nosotros se nos ocurría, por ejemplo, pedirle un balón si la falta fortuita de algún profesor nos deparaba una hora libre. Sin embargo, Stan era propietario de una eterna sonrisa, en su voz, pausada y amigable, siempre había una palabra de ánimo para el que repasaba los apuntes cinco minutos antes del examen o para el que salía abatido de él. A veces se sentaba con nosotros en alguno de los seis escalones de granito de la puerta principal, mientras controlábamos los cuadernos de los demás para ultimar la traducción de Latín o de Griego. Stan era peso pluma, tal como señalaba Cipri, tan enjuto y nervioso que era apenas un pispás verlo pasar por el pasillo cuando la puerta del aula estaba abierta. Pero también era Stan el que nos buscaba el mejor balón para nuestras horas libres o nos descubría que los pertinaces resfríos de tal o cual profesor lo tendrían en el dique seco durante unos días y que aún tardaría en incorporarse a la marcha del instituto.

 

EL INSTITUTO

El instituto, casi recién edificado en aquellos años, era una Sección Delegada del conocido instituto Rábida de la capital. Estaba situado al comienzo de la travesía del pueblo, muy cerca del barrio donde vivíamos nosotros. Más allá de la carretera, se extendían hasta perderse de vista los campos de viñas. En ambos extremos del edificio se situaban las dos escaleras, la de los niños y la de las niñas. Aquellas normas rupestres de la separación por sexos, que todos creíamos exclusivas de nuestra patria carpetovetónica, eran, sin embargo, también lo usual en los demás países limítrofes. Lo mismo seguía ocurriendo en Suiza, Bélgica o Francia cuando, años después, mis economías comenzaron a permitirme salir de las fronteras. En esos países los patios continuaban divididos por la valla que separaba chicos de chicas y todavía había zonas para unos y para otras, en la época en que todo eso aquí no era más que un recuerdo criticado hasta la saciedad por todos, sobre todo por aquella incipiente progresía, instalada en el argumento unívoco, que presumía de mundo y que aseguraba conocer en profundidad otros sistemas educativos, por supuesto, mucho más inteligentes y acertados que el nuestro.

Los pasillos del instituto eran exteriores, se alargaban sobre la puerta de entrada de la fachada y, desde allí divisábamos, además de las extensiones de cepas, los eucaliptos de la dehesa, ya en el horizonte, el campito de limones, las ruinas del Portalía o, más hacia el pueblo, los edificios de la fábrica de ladrillos.

Entre clase y clase, solíamos salir del aula y acodarnos en las barandas para acechar el parking y saber qué profesor había faltado ese día, por si eso nos libraba de tener que pulir los ablativos o las hipotenusas en los minutos anteriores a la clase. Aquella magnífica atalaya, orientada hacia los paisajes de levante, nos permitía otear el enorme viñedo que nos rodeaba y más de una vez nos sirvió como aula abierta en las clases de pintura del Carbonero.

 

EL CARBONERO

El Carbonero nos daba clase de Dibujo, pero además era un consumado pintor. Nosotros solo habíamos visto sus óleos costumbristas, donde abundaban escenas de vendimias, lagares y romerías, en las exposiciones que tenían lugar en las Escuelas Profesionales durante las fiestas de septiembre, pero sabíamos que había colgado muchas de sus obras en las mejores salas de las grandes ciudades del país.

Su arte solo era equiparable al despiste que demostraba en cualquier momento. De yo haber tomado nota durante los siete cursos de instituto, habría conseguido material para escribir mi primer libro a base de anécdotas suyas. Por ejemplo, cuando un mismo dibujo pasaba de mano en mano por toda la clase y a cada uno nos otorgaba una puntuación distinta, cuando se confundía de aula y entraba en una donde ya había otro profesor, cuando se le pasaba la hora de terminar la clase con nosotros mientras ubicaba puntos de fuga y líneas de tierra en la pizarra, ausente de la algarabía que se formaba cada tarde al fondo de la sala, o cuando olvidó poner el freno de mano y su Seat 124 se precipitó en los macizos de margaritas, mientras, desde las barandas de los pasillos en los pisos superiores, el pitorreo alcanzaba decibelios nunca oídos.

Sin embargo, para cuando empezó a impartir clases en nuestro instituto, su maestría en las artes de la pintura era ya notoria, una simple línea suya sobre nuestra lámina de dibujo mejoraba enormemente un perfil o una perspectiva errónea en nuestro trabajo. A veces, agarraba una tiza y se volvía hacia la pizarra donde con cuatro trazos plasmaba el bodegón que llevábamos días enteros intentando encajar en el espacio en blanco de nuestros álbumes de dibujo. Cualquier raya o bosquejo, trazado por su mano sobre el papel, casi siempre de manera rápida e improvisada, obraba la magia de ver surgir el dibujo desde la blancura de la nada.

Nada de eso impidió que la pared donde estaba el magnífico mural que pintó en la sala de profesores, cuando ya cursábamos COU, fuese demolida sin el menor recato por parte del director del instituto, del concejal de cultura o del alcalde del pueblo. Aquella hermosa escena de vendimia que don Fernando dejó plasmada en el muro más amplio de la sala de profesores apenas estuvo allí unos años. Nosotros tuvimos la suerte de asistir a su nacimiento desde las cristaleras que comunicaban la estancia con el pasillo de la planta baja. Un verdadero septiembre se filtraba a través de los ocres y los sienas, sobre los verdes desleídos de las hojas, de los racimos y los pámpanos; sobre los colores terrosos del suelo. Ahora pienso que la destrucción del mural de don Fernando el Carbonero fue probablemente la mejor manera de comprobar la fugacidad del trabajo y la dudosa utilidad de gran parte de lo que aprendimos en aquellos siete años en los que mis compañeros y yo vivimos seguros de que todos aquellos textos que aprendíamos eran el cimiento único y más seguro donde se sustentaría el futuro de nuestra existencia.

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