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LA HERENCIA MALDITA

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  LA HERENCIA MALDITA (Publicado en la revista LAGAR Y LUZ, septiembre de 2001) Sólo las chicharras distraen el oído en este atardecer en que el sol marca en los ladrillos su huella de calor y rutina. He dejado la bicicleta a la sombra de un montón de olvido, abriéndome paso por entre las hierbas secas que crecen por todas partes. He vuelto a ver el pozo, estos árboles desvencijados que parecen moreras y la fiel buganvilla que crece acariciando uno de los muros del antiguo claustro. Cada vez que vuelvo aquí, la desolación es un poco mayor y menor lo que va quedando de nuestra historia. Queda la higuera y las reseñas que cada año aparecen en las escasas publicaciones locales: referencias a los Frailes Terceros, a la Virgen que cambió de nombre y a los tañidos de las campanas que los agricultores seguían oyendo después de que el cenobio hubiera quedado abandonado. Todo de papel y tinta. No corren realmente buenos tiempos para la lírica. La arquitectura sólo es hoy rentable cuando rep...

¡POCA A ENERO!

 ¡POCA A ENERO! (Finalista Premio Onuba de Novela 2018 Publicado por Editorial Onuba, 2019) (fragmento) -Cabo Pinto –silabeó el capitano. Me cuadré hasta la coronilla y abrí los tímpanos. -Te he elegido voluntario por tus sobradas maneras –anunció mientras echaba un trago de la petaca. -Sus órdenes –dije yo. -Tríncate una escuadra reclutona y asómate por el cuerpo de guardia. -Sí, mi capitano. -Hay unas cajas de Arrollador para llevar a la cantina de oficiales –continuó, antes de volver a echarse el botellín al coleto. Nada más oír lo de la cantina y el mollate, sentí que una ancha sonrisa se aposentaba en mi jeta y que un breve vértigo me subía, pese a mi cuadratura, gambeteando hasta las tragaderas. El capi pisoteó el cemento cuarteado del patio, con una mano en la visera y la otra en el bolsillo donde intentaba guardar la petaca de calimocho, y chilló: -¡Eeeenga ya, coñoooo! Intenté cuadricularme aún más y chillé yo también: -¡Ahora mismito, mi capi! Un rápido reojo por la Cía ...

EL BOSQUE PETRIFICADO

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EL BOSQUE PETRIFICADO (Publicado en la revista Papeles del Caracol, nº 0, junio de 2022) Paso un recodo más pequeño y miro a mi izquierda: decenas de troncos grises y retorcidos, altos y entecos, surgen de repente del agua como los dedos de un gigante elevándose al cielo pidiendo clemencia. -El bosque petrificado –digo en voz alta, quizá para invocar a la realidad en este paisaje onírico, para sobreponerme al silencio que rodea este lugar, mientras me viene a la memoria la película del mismo título. Me acerco y me cuelo entre ellos, remando con cuidado para no dar con el remo en los troncos. Son árboles secos que un día gozaron de savia y crecieron en una zona ajena al cauce, pero de la que el Tinto se adueñó con el tiempo. Ahora son árboles momificados por los minerales que arrastra el río, por la pirita y el arsénico, por este color anaranjado y rojo, negro como una pesadilla, por esa paleta cromática líquida e irreal que es la seña de identidad de este río Tinto tan cercano y ...

LA ORQUESTA MALATAO

LA    ORQUESTA    MALATAO (OS MÚSICOS DO COMBOIO) (Primer premio relato corto CIUDAD DE PALOS, 2004) A la memoria de   Antonio Domínguez “Marce” y Manolo Orta “Lolito” Cuántas lunas se colaron por la ventanilla de nuestro compartimento como una compañera más en los viajes de regreso. Blue Moon canturreábamos a pelo, sin sacar los instrumentos de los estuches, acompañándonos si acaso con las palmas de las manos en los muslos. Y mientras, la locomotora silbaba distante, tanto que hubiérase dicho que no era la misma que iba tirando de nuestro vagón.  Cuántas fueron las noches algarvías cuajadas de estrellas. Cuántas las conversaciones a media voz salpicadas de silencios cómplices. Creo que por eso nos gustaba hacer los viajes de vuelta con las luces apagadas, por si nos daba por hablar, sobre todo si la actuación había sido buena. Entonces los viajes nocturnos se convertían en uno de los momentos más gratos de la jornada y todos éramos conscientes de...

EL SÓTANO

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EL SÓTANO (Publicado en Microrrelatos Ilustrados  Universidad de Jaén, 2025) Aquel invierno Gutiérrez y yo compartíamos el caserón de la rectoría. La persona que desempeñó el cargo antes que él se había marchado, aseguró con una expresión de veneración y olvido. -Yo me encargo ahora de los quehaceres musicales de las parroquias y de la colegiata –murmuró entre los restos de una dentadura oscura y maloliente. Meses después, con ocasión de la jubilación de Gutiérrez, una tarde el asilo envió un carromato a recogerlo. Apenas un movimiento de cabeza le sirvió de despedida, dejando su olor rancio en los objetos y en los cajones de los muebles. También dejó sus viejas partituras y el pesado aro oxidado que abrazaba las llaves de las diferentes puertas de la vivienda. Solo faltaba la del sótano. -Está vacío, no merece la pena entrar –gritó antes de que el carromato se perdiese entre los charcos y la niebla fétida de la tarde. Entonces cogí un candil, bajé a la cueva y forcé la ...

LA VIDA EN IMÁGENES

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LA VIDA EN IMÁGENES (LAS IMÁGENES DE LA VIDA) (Publicado en la revista LAGAR Y LUZ, septiembre de 2022) A la memoria de José Camacho, fotógrafo Hay calles y plazas que me recuerdan instintivamente a José Camacho. En realidad, el pueblo entero me lo recuerda, quizá él mejor que nadie supo captar su corazón, su identidad y su fluir vital. No en vano, por cualquiera de esos lugares lo vi pasar más de una vez con su cámara en la mano y sus aperos al hombro, buscando el encuadre, la sombra, la perspectiva, el alma que él sabía ver cuando miraba lo cotidiano. Hoy han acudido a mí imágenes en blanco y negro en las que un día José Camacho detuvo el tiempo, cuando Bollullos no era más que una isla varada en medio del viñedo. ‘Tabernas’ expresa quizá más que otra cosa el viaje hacia el pasado transitado, quizá también el regreso imposible a aquella felicidad efímera que conformaba el sosiego tras la jornada de trabajo. Un perrero de corriente, en aquellas calendas en las que entre el lis...

BANDERAS

 BANDERAS (Publicado en Antología Narrativa Breve Villa de Madrid, 2017) Siento el impacto, un golpe seco que detiene un punto mi marcha, y después el líquido bajando caliente bajo la ropa. No hay dolor, sólo barro. Comprendo que caigo. El suelo mojado detiene mi peso. Nubes que bajan oscuras. Lluvia de vez en cuando sobre la chaqueta, golpeando suave mi espalda. Gritos, casi tantos como disparos. Círculos concéntricos en el charco junto a mi rostro. El agua tiembla y justo después un estruendo sube desde algún sitio bajo las entrañas de esta tierra extraña, que no nos pertenece pero que defendemos no sabemos de quién. Ahora llegan dos voces confundidas en un llanto y una plegaria. Lo poco que puedo girar el cuello me permite ver un casco mojado. Lluvia y sangre se reparten la chapa abollada.   Atardece en el horizonte hacia el que nos dirigíamos. Otras nubes dejarán allí su lluvia y su olvido. Me doy cuenta: la oración se ha apagado hace rato, pero continúa el llanto. No ...